domingo, 20 de agosto de 2017

Lectura crítica: "La invasión de las bolas peludas"

Si últimamente escribo y publico menos en el blog no es porque no lea, que sigo haciéndolo al mismo ritmo que durante los últimos años, sino porque no tengo mucho tiempo para escribir y la verdad sea dicha también, tampoco hago yo mucho por sacar ese tiempo para hacer una reseña. Pero hoy toca hacer un esfuerzo para hablar de un libro que me ha hecho reír más que ninguno hasta la fecha. Un libro además que compré en la Feria del Libro pasada no sólo porque quería leer algo de su autor, sino porque quería volver a comprar un libro de Malpaso, una editorial mexicana-española que hace verdaderas maravillas en la edición de sus libros, convirtiendo el soporte en papel en una verdadera obra de arte y casi de decoración, al tintar el filo de las páginas de un color que domina en la presentación del libro y en los fajines que hacen de portada a cada ejemplar. Los libros de Malpaso son libros que llaman la atención físicamente, pero que una vez comenzados terminan de enamorar por su interior conformando así la mejor combinación posible.

La invasión de las bolas peludas” es la última novela de un escritor americano poco conocido en España pero que goza de cierto respeto y prestigio en EE.UU., a pesar de que es de esa raza de escritores que prefieren quedar alejados de los focos de la fama editorial y que raramente conceden entrevistas o se les ve en público, llamado Luke Rhinehart, aunque su verdadero nombre es otro. Si me decidí por este libro habiendo un par de ellos que quizá marcan y representan mejor su estilo y que son mucho más famosos, es porque la chica de Malpaso que había en la Feria del Libro me lo recomendó en lugar del que quizá yo llevaba en la cabeza comprar: “El hombre de los dados”. Según la chica de la caseta de la Feria ambos libros son muy divertidos pero para ella este que hoy reseño un poco más, además de más corto.

Como su propio nombre puede indicar, “La invasión de las bolas peludas” es una novela en la que lo extraterrestre tiene un papel muy importante. No es una novela de ciencia ficción al uso, porque hay más de comedia y farsa que de intriga intergaláctica, pero los personajes principales son unos seres esféricos, sin ojos ni boca ni nada que pueda equipararse a un ser humano, pero que hablan, sienten y oyen y que además pueden transformarse en cualquier objeto no extremadamente grande (por ejemplo con forma humana, aunque falta de ojos, boca y demás, solo pueden estar unos minutos). Y además están recubiertos de un pelo gris plata muy fino; por no hablar de su extrema inteligencia.

Estos seres esféricos han llegado a la tierra para divertirse. Sin más. No pretenden más que pasar un buen rato. ¿Y cómo pretenden hacerlo? Pues robando bancos, acabando con las guerras en Oriente Medio, ridiculizando gobiernos y a sus servicios de inteligencia, desmontando empresas, robando a los ricos y todopoderosos para ayudar a los que menos tienen. Lo dicho pura ciencia ficción. Las bolas peludas protagonistas de “La invasión de las bolas peludas” no estarán solas, y es que hacen amigos humanos. De hecho la novela está narrada principalmente a través de un humano casi ochentón, pescador de profesión, casado con una hispana casi cuarenta años más joven que él, y con dos hijos pequeños que se encariñarán de una de las bolas peludas al que llamarán Loui y que será el principal alienígena de la novela, aunque también salen otros que quizá hacen aún más las delicias del lector en cuanto a sagacidad, inventiva y situaciones hilarantes totalmente desternillantes y absurdas.

Sin embargo, a pesar de que sin dudas “La invasión de las bolas peludas” se puede clasificar como novela de ciencia ficción con grandes toques de humor, no se puede obviar el alto grado de crítica política y sistémica que tiene y que muestran sus páginas. El protagonista humano de la historia, Billy Morton, a través de sus ironías, sarcasmos, chistes chuscos y quizá mucha amargura de fondo por haber vivido tantos años y haber luchado en Vietnam contra nadie porque sí, deja caer en sus discursos, en sus frases críticas con mucho más sentido común que sentido del humor, y que hacen que el lector además de reír (incluso a carcajada limpia, haciendo que la lectura de esta novela no sea recomendada al aire libre por riesgo de ser considerado un lunático) reflexione sobre el mundo en el que vivimos y el sistema social, económico y político que tenemos.

A lo largo de toda la historia de la literatura y en el fondo de la humanidad, ha sido la farsa, la comedia, la risa, por su falsa sensación de broma muchas veces, la que ha vertido las críticas más duras contra el sistema de cada época. De hecho han sido siempre los cómicos los perseguidos en los países donde los gobiernos asumían más mal que bien la crítica. “La invasión de las bolas peludas” logra criticar una sociedad y un sistema político y económico corrupto a través de la risa, la farsa y la comedia. Hay muchas frases a lo largo de la novela que hacen reflexionar seriamente al lector. La inocencia de los extraterrestres, llamados proteicos por las autoridades terrestres, y su única voluntad de divertirse a costa de revertir el sistema sin causar mal a nadie, ni matar a nadie, simplemente robando a las grandes corporaciones, evitando masacres en Siria e Irak, ridiculizando los servicios de inteligencia y poniendo en evidencia la hipocresía de la clase dirigente es lo que sienta mal y les convierte en los seres más peligrosos de la tierra.

A medida que leía “La invasión de las bolas peludas” y me iba acercando a su final, viendo cómo evolucionaba la historia, me fui dando cuenta de que las bolas peludas, esos extraterrestres que las autoridades pretendían vender como seres peligrosos, eran los únicos que no buscaban el mal para nadie, sino todo lo contrario; y que eran las autoridades, los medios de comunicación asentados y mamadores del poder, los políticos sin otra vocación que la de chupar del frasco de lo público y los grandes empresarios que mueven el mundo los que realmente han convertido y convierten este mundo en la gran mentira hipócrita que es y que serán ellos los que terminen por arrasar la humanidad. Y esto lo digo en serio, sin bromas y sin farsa.

Antes de terminar quería decir además que “La invasión de las bolas peludas” tiene una estructuración curiosa, porque se compone de muchos capítulos, no todos siguiendo el mismo tipo de narración ni punto de vista, y entre esos capítulos se intercalan definiciones de los proteicos sobre conceptos de la Tierra (son imprescindibles y llenas de clarividencia y sinceridad), transcripciones de las investigaciones de los servicios secretos sobre los proteicos, reuniones presidenciales, recortes de prensa... Hasta en la forma de mostrar el contenido esta novela me ha sorprendido y demostrado que no hay una única manera de escribir y transmitir una historia.

Ahora ya sí, para terminar solo me queda recomendar encarecidamente esta novela, no solo por el libro físico en sí que es simplemente una delicia, sino porque “La invasión de las bolas peludas” es una de las historias más divertidas y al mismo tiempo serias que me he leído recientemente, lo que constituye un verdadero descubrimiento. Una novela que hará reír sin cortapisas ni paliativos, que hará que el lector esboce sonrisas y a continuación que su cerebro se estruje para darse cuenta que detrás de la comedia y la farsa hay una realidad bastante triste a la que ya nos hemos plegado y contra la que solo podemos contraponer la burla y el no tomarnos nada en serio salvo el disfrute de la vida.

Caronte.

sábado, 29 de julio de 2017

Lectura crítica: "La noche de los tiempos"

Llevaba tiempo sin escribir en el blog, no por propia voluntad, ya que estaría siempre haciéndolo, sino por falta de tiempo. La espera se ha hecho larga, supongo, pero todo llega a su fin. También es cierto que si no he escrito nada ha sido porque entre planear las vacaciones, el trabajo recién comenzado y, lo más importante, que no ha habido un libro que realmente me haya hecho reaccionar y querer escribir. Lo hago ahora de nuevo sintiendo las teclas del portátil, viendo cómo van creciendo las palabras en la pantalla del mismo, sudando por el calor que está haciendo estos días de julio en Madrid. Lo hago ahora justo después de haber terminado el que para mí era una de mis mayores cuentas pendientes con uno de mis escritores fetiches, Antonio Muñoz Molina. El libro lo adquirí el penúltimo día de Feria del Libro de Madrid en una tienda de segunda mano cuando me di cuenta de que no tenía ningún libro para que Muñoz Molina me firmara la única mañana que iba a pasar en el Retiro atendiendo a sus lectores. Y sinceramente aquel impulso que tuve, todo muy improvisado ha merecido largamente la pena.

La noche de los tiempos” es probablemente la novela más ambiciosa y difícil de escribir, y quizá también de leer, de Muñoz Molina. Impresiona desde el principio. Ese título misterioso y que a mí por ejemplo me atraer enormemente por lo de místico y algo legendario que me hace evocar, sin poder explicar las razones o motivos para ello. Las casi mil páginas de narrativa pura y dura, donde los diálogos son escasos, y las páginas no contienen más que palabra tras palabra desde el principio hasta el final de las mismas. Por esto quizá me impresionaba el libro desde que lo descubrí por primera vez, y fui postergando su lectura poco a poco por no querer enfrentarme a un libro tan extenso, tan vasto en todos los sentidos. O eso es lo que me imaginaba. No quería decepcionarme con Muñoz Molina, teniendo en cuenta que novelas tan extensas recuerdas peligrosamente a los best-sellers que terminan siendo basura impresa. Acabada su lectura no puedo más que negar todos mis temores y aceptar este libro como uno de mis favoritos.

La trama de “La noche de los tiempos” es más o menos simple: el protagonista Ignacio Abel, un arquitecto madrileño que trabaja en las obras de la Ciudad Universitaria, socialista y republicano, casado con una mujer de mayor clase social que él, cristiana y devota, con dos hijos, huérfano de padres, con unos suegros tradicionales y escépticos ante su persona, se enamora sin remedio y de manera adictiva de una joven americana, Judith Biely, poniendo patas arriba todo su mundo. Toda esta historia de amor, toda esta relación clandestina, de casas de citas, de cafés desconocidos, de noches oscuras, de encuentros furtivos, se ve aderezada con el trasfondo de una España y de un Madrid prebélicos, ya que la historia se desarrolla durante el año anterior y los primeros meses posteriores al estallido de la Guerra Civil.

Puede sonar típico y quien sea escéptico pensará que “La noche de los tiempos” es una novela más sobre la Guerra Civil y estará llena de ideología tirante hacia la del propio escritor, como pasa por norma general en España con las novelas de este tipo. Pero nada de esto ocurre. Esta novela es quizá la mejor que me he leído sobre el enfrentamiento criminal y animal que se dio en España entre 1036 y 1939, y sobre todo del combustible, la mecha y el mechero que llevaron al estallido del polvorín en que se había convertido España llevada por el fanatismo de la mayoría analfabeta de izquierdas y la absoluta brutalidad inmoral y anormal de las derechas católicas y de los militares.

Es apasionante a la vez que triste leer “La noche de los tiempos”. Apasionante porque Muñoz Molina escribe de tal manera que envuelve al lector como lo haría una manta zamorana en una noche rasa, estrellada y fría de noviembre: de manera cálida y haciendo que el lector se sienta protegido por la historia que está leyendo, ajeno a lo que tenga alrededor, ya sea la playa durante las vacaciones, el metro camino del trabajo, o la habitación en la que se pretende dormir una noche tropical del verano madrileño. Dejarse perder en las páginas de esta novela es de lo mejor que me ha pasado literariamente hablando este año, y creo que pocas novelas que me queden por leer este año, aunque aún no sepa cuáles van a ser, conseguirán tan grado de placer lector, profundidad literaria y calidad narrativa. Si antes ya pensaba que Muñoz Molina es una de las grandes figuras actuales de las letras españolas, tras esta novela me reafirmo aún más.

Pero como he dicho la lectura de esta novela también es triste; ya que a lo largo de las páginas de “La noche de los tiempos” se va viendo la deriva fanática, absurda, analfabeta, ignorante, animal y amoral de la sociedad española, llevada por el odio, que culmina en una guerra sangrienta, salvaje y animal, donde no hubo vencedores ni vencidos, donde no hubo culpables ni responsables de empezarla porque ambos bandos, las dos Españas, estaban sedientas de sangre y rebosantes de odio. Y además está la historia de amor entre Ignacio Abel y Judith Biely: fugitiva, clandestina, secreta, peligrosa y casi homicida por daños colaterales, ardiente, pasional y siempre carnal. Una relación abocada desde el principio al un final infeliz, un final que deja mal sabor de boca tanto a sus protagonistas (en una escena final de la novela que pone la guinda a una historia fabulosa) como a los lectres.

Además de lo anterior “La noche de los tiempos” termina redondeándose por una descripción fabulosa y magistral de un Madrid que fue y ya no existe, aunque queden todavía vestigios perdidos, escondidos y casi olvidados por diferentes barrios y zonas a las que la gran ciudad da la espalda por vergüenza. Un Madrid de casas de familias acomodadas (Ignacio Abel vive en la calle Príncipe de Vergara), pero también de casas bajas, arrabales y casas de vecinos donde el progreso urbano aún no ha penetrado y sigue oliéndose el aroma de un pueblo castellano antiguo y atrasado.

Magistrales también son los escasos, pero extensos y profundos diálogos que se intercalan durante toda la novela y en los que la situación social y política española son los temas protagonistas. Y son personajes reales a los que Muñoz Molina da y pone voz en “La noche de los tiempos”; desde Juan Negrín, quizá el personaje que más me ha gustado, o al menos la voz más lúcida y cuerda que he leído en este libro (salvo por el Ignacio Abel del final de la novela durante su último encuentro con Judith Biely ya en EE.UU.), hasta Bergamín, pasando por Azaña, y algún que otro más, real o ficticio salido de la imaginación de Molina.

Nada en “La noche de los tiempos” resta; todo en esta novela es un conjunto impresionante en el que la buena literatura rebosa a caudales. Hay quien pueda pensar que es excesivamente larga, que muchas de las descripciones, comparaciones, o páginas enteras están de más, pero creo que esa gente no sabe o no ha leído en su vida una novela de calidad del nivel de esta. Tras acabar este libro experimento sensaciones confrontadas: por un lado me siento triste porque haber acabado una historia que deja un agrio sabor de boca, en la que el amor siempre está presente pero acaba por esfumarse de manera dolorosa y melancólica; por otro me siento feliz por haberme enfrentado a esta novela después de postergarla tanto y tanto tiempo. Tras su lectura creo que he dado un paso dentro de mi educación literaria.

Y sin embargo no voy a recomendar “La noche de los tiempos”, ya que quien quiera leer esta novela debe acercarse a él de manera voluntaria, ya que solo así podrá disfrutarla en toda su dimensión, sin complejos ni prejuicios. Para mí ha sido una de las mejores experiencias literarias.

Caronte.

viernes, 16 de junio de 2017

Lectura crítica: “A sangre y fuego”

Acabada la Feria del Libro no hace ni una semana (aún se puede sentir cómo los espíritus de los libreros, editores, escritores y lectores recorren las ya fantasmagóricas casetas del Paseo de Coches del Retiro) toca empezar a leerme todos los libros que he almacenado cual Diógenes bibliófilo y que harán que no compre ningún ejemplar más hasta nuevo aviso – probablemente hasta finales de julio una vez haya vuelto de mis vacaciones playeras. De hecho ya me he leído tres de los nueve libros que compré en la Feria, pero como leo más de lo que me da tiempo a reseñar en el blog he decidido hablar únicamente de uno de esos tres libros, básicamente por ser de un escritor que no había leído nunca y que está un poco olvidado – desgraciadamente – para el gran público lector de este país. Y si también he elegido este libro para reseñar es porque lo ha editado y publicado una de esas editoriales, Libros del Asteroide, que sin mucho ruido pero con gran esfuerzo detrás sacan adelante un trabajo admirable haciendo que los que amamos la literatura y los libros tengamos un muy buen catálogo donde perdernos.

 De Manuel Chaves Nogales y su obra más profunda y personal, que no la más famosa, “A sangre y fuego” no tenía conocimiento hasta apenas hace un mes cuando empecé a bucear en Internet para encontrar esos libros que buscaría en la Feria del Libro y decidiría comprar o no. ¡Y bendito buceo internetero! Puede que en España novelas o libros de ficción sobre la Guerra Civil contemporáneos, es decir aquellos escritos por autores que no vivieron la contienda ni tan siquiera de manera muy lejana sino simplemente por el relato de familiares o personas que sí que lo vivieron, resulten todos monótonos e iguales, ya que por norma general los escriben personas ideológicamente cercanas a la izquierda perdedora de la guerra y de la posguerra. En el libro de relatos de Chaves Nogales que reseño hoy no hay ningún poso de victoria o derrota; y si lo hay es más bien de esto último: derrota; pero no la derrota de un bando sino de una sociedad, un país y una forma de vida que se vieron destruidas en apenas tres años de brutal guerra.

A sangre y fuego” es un libro de relatos, concretamente once en la edición que me he leído, aunque fueron nueve originariamente cuando se publicó una primera edición de esta colección allá por 1937 en Chile. Desde entonces y debido al exilio del escritor por ser fiel partidario de la República y azañista convencido este libro ha estado muy en el olvido y sólo gracias al empeño de la editorial Libros El Asteroide se ha podido recuperar un libro que para mí, que ya he leído unas cuantas novelas sobre la Guerra Civil, es quizá el que mejor refleja lo que en España pasó durante aquellos tres años de sangre y fuego.

No hay en “A sangre y fuego” ni rastro de odio por ninguna de las dos partes que se enfrentaron durante tres años en España. No hay bandos porque fue una guerra entre hermanos y compatriotas, todos españoles, que llevados por el odio, la ignorancia, el analfabetismo, el fanatismo y la incultura se mataron entre sí como si no hubiera mañana luchando por ideales que no terminaban de entender y dejándose llevar por unos instintos primarios tristes y lamentables. La melancolía y la impotencia se filtran en cada uno de los once relatos que componen este libro. Chaves Nogales mira a España y sus gentes sin pretensiones y así hace que los relatos los protagonicen españoles de a pie, campesinos, alcaldes, tenderos, obreros, curas, artistas, jóvenes, ancianos, etc. Cada relato muestra la sinrazón de cada uno de los bandos a la hora de llevar a cabo asesinatos, confabulaciones, delaciones o ejecuciones sumarias porque sí. No hay medias tintas y el lector no puede más que dejarse llevar por la forma en que Chaves Nogales describe aquellos días en España.

Una cosa muy curiosa y reseñable de “A sangre y fuego” es que según dice el propio autor en el prólogo, todos los relatos que componen el libro están sacados de hechos verídicos que ocurrieron realmente y que Chaves Nogales vivió en primera persona o le fueron relatados por personas que los vivieron como protagonistas de los mismos. Esto da a todos los relatos un aura aún mayor de tristeza y crudeza, ya que si la imaginación de un autor puede dejar que desear y ser todo lo inverosímil que se quiera; la realidad no deja dudas y zanja cualquiera que se pueda crear de un plumazo y sin miramientos. Esta nota inicial hace que el lector, y lo sigo porque me ha pasado, tome una conciencia especial con respecto a lo que está leyendo y no vea los relatos como simples ejercicios imaginativos de un autor asqueado por la realidad de su país, sino como el testimonio de una persona fundamentalmente ideal, cívica y democrática, liberal por principios, que ve con impotencia como España y los españoles se empezaban a autodestruir.

Vuelvo a algo que ya he comentado al principio y es que “A sangre y fuego” no es un libro sobre la Guerra Civil al uso. Quien quiera encontrarse un libro que claramente, aunque intente fingir sucintamente lo contrario, tire por un bando y otro de la contienda, se llevará una muy merecida decepción. Es esa imparcialidad, esa única voluntad ejemplarizante y narrativa de plasmar sobre el papel lo que España estaba sufriendo es lo que más me ha gustado de Chaves Nogales y este magnífico libro de relatos. Y es que es muy complicado encontrar algún libro de ficción o una novela contemporánea que cuente una historia de la Guerra Civil que resulte veraz y verídica y que no opte por mostrar el desangramiento del bando perdedor y vencido, o el orgullo y crueldad de los ganadores tiránicos. Termina cansando leer siempre a escritores más bien republicanos e izquierdistas no siendo objetivos. Chaves Nogales lo es y mucho; y por ser objetivo y plasmar lo que vivió tuvo que exiliarse.

A sangre y fuego” es uno de los mejores libros que han pasado por mis manos recientemente y al acabarlo la sensación no ha sido de querer más (es suficiente con leer los once relatos para que uno se dé cuenta de la ruindad y el odio que se instaló en los corazones y mentes de los españoles entre 1936 y 1939), sino la de  impotencia, una impotencia en diferido por empatizar con Chaves Nogales. Impotencia al leer los actos de unos españoles contra otros por nada, absolutamente nada. Advierto de ante mano de que es muy probable que debido a la inmensa imparcialidad de Chaves Nogales este libro no guste a los que siguen definiéndose con uno u otro bando de aquella guerra aunque la cubra ya el polvo de ochenta años de olvido. Por ello además recomiendo este libro para no solo disfrutar de una prosa sencilla, directa y limpia, sino de unos relatos soberbios sobre un tiempo ya pasado pero que deberíamos intentar no repetir jamás.

Caronte.

miércoles, 31 de mayo de 2017

Lectura crítica: “Tinker Tailor Soldier Spy”

La última vez que empecé a leer una novela de John Le Carré – que no un libro suyo – fue el mismo día que dejaba mi anterior trabajo en Arabia Saudí. Recuerdo que lo comencé en el aeropuerto donde llegué con más de tres horas de adelanto, no por nada en especial, sino porque quería sentirme fuera de Riad lo antes posible después de varios meses de no vivir mi vida sino una ajena que sentía que no me correspondía. Hace apenas dos semanas he vuelto de nuevo a trabajar después de seis meses en paro, y como si de un reflejo espectral se tratara he vuelto a leer un libro de John Le Carré. Quien me conoce un poco, o mejor dicho, quien sabe cuáles son mis gustos literarios, sabrá que Le Carré es sin lugar a dudar mi escritor preferido en lengua inglesa; ese autor al que siempre suelo recurrir, y cuyas novelas siempre me acompañan y ocupan un lugar bastante destacado en mi biblioteca persona. Para más inri hace ya un par de años que decidí leerle en inglés, su idioma, para poder paladear todos y cada uno de los matices de su obra. Y así lo he hecho también esta vez.

No creo que me equivoque mucho, ni que exagere demasiado si califico a “Tinker Tailor Soldier Spy” como la novela más famosa, célebre y quizá conocida de John Le Carré. Quizá el título en inglés no suene demasiado bien es castellano, ya que aquí esta novela de título tan sonoro y extraño se llama “El Topo”, y no porque se haya hecho uno de esos ejemplos de traducción paupérrima a los que nos tenemos que ver abocados en cine y literatura provenientes de otros países, sino porque traducir de manera literal el título en inglés sería un absurdo que rayaría en el ridículo por referirse aquel a un juego de palabras y cancioncilla popular inglesa y que vendría a ser “Calderero Sastre Soldado Espía”. Lo dicho un sinsentido absoluto. Pero Le Carré es Le Carré y sus novelas son extraordinarias desde el mismísimo título.

Aplicando un símil torero, aunque no sea yo muy taurino que se diga, podríamos decir que John Le Carré en “Tinker Tailor Soldier Spy” realiza un faena redonda, bordando cada uno de los tercios de la corrida (libro), y rematando de manera sobrecogedora y limpia que pone en pie a toda la plaza (lectores) con ovación cerrada, dos orejas, rabo, vuelta al ruedo y salida por la puerta grande. En resumidas cuentas: esta novela de Le Carré bien merece todos los elogios recibidos desde que apareció publicada allá por 1974 (nótese que hace ya más de 40 años, ¡casi nada!).

Para resumir un poco cual es el argumento de “Tinker Tailor Soldier Spy” casi mejor recurrir a su título en español: George Smiley, uno de los personajes más importantes y famosos dentro de la literatura inglesa no ya del último siglo sino probablemente de todos los tiempos, es llamado por el Circus (nombre que en la novela recibe el MI6 británico) para que intente desenmascarar al topo – de aquí la traducción del título al español que aunque pueda destripar un poco el contenido y quitarle mucha gracia al juego de palabras es bastante más entendible en lengua castellana – que desde hace tiempo varios mandos importantes del mismo huelen que hay. No hay que olvidar tampoco que el “topo” de esta novela está inspirado en el personaje real de Kim Philby.  Hasta aquí todo normal y relativamente simple. Pero Le Carré no ha hecho nunca una novela simple, de argumento plano y lineal, y con personajes claramente identificados e identificables desde el principio. La trama principal es la de la caza del topo en el Circus, pero subyace otra a la que Le Carré dio continuidad en otras novelas también protagonizadas por su personaje fetiche, como es la enemistad palpable con Karla (el jefe del servicio de espionaje soviético), y alguna más secundaria que hace que las referencias al pasado sean constantes. Y como en ninguna novela negra o de espías puede faltar el amor carnal y pasional, en esta novela aparece en forma de infidelidad y relación tormentosa de Smiley con su mujer Ann.

No obstante, no es sencillo plasmar el argumento de una novela tan compleja como “Tinker Tailor Soldier Spy” es pocas líneas sin destripar demasiado el argumento. Pero si John Le Carré es uno de esos escritores a los que algún día echaré mucho de menos (el hombre tiene ya 85 años) es porque todas sus novelas, o al menos las que hasta la fecha me he leído, han requerido por mi parte, y supongo que no seré el único, una total concentración durante su lectura. Y no solo concentración sino también repetición de pasajes enteros de la novela y de algún que otro capítulo para terminar de enterarme de quien es quien en cada momento y no terminar por hacerme un lío y no enterarme de nada, cosa que sería un desastre de proporciones bíblicas. En esta novela hay múltiples personajes cuyos nombres no siempre son los de bautismo sino que a veces un mismo personaje aparece con un mote o con un nombre en clave o con su nombre verdadero (por no añadir que algunos apellidos en inglés pueden resultar bastante parecidos). En estos casos lo mejor es tener siempre disponible la Wikipedia al lado para consultar, en su página en inglés, pormenores del reparto de personajes de la novela.

Ya he nombrado antes a George Smiley, pero creo que el protagonista absoluto de “Tinker Tailor Soldier Spy”, y de buena parte de la obra de Le Carré, bien merece un comentario extra. Smiley es uno de esos personajes literarios que un buen amante de la literatura desearía que existiera de verdad para poder conocer a solas tomándose un té, o un whisky, en un rincón de un restaurante o café silencioso donde nadie se mete en los asuntos de nadie y donde se tratan temas y asuntos que es mejor dejar en el limbo de los hechos acontecidos y hablados. En esta novela aparece un Smiley ya veterano, que había sido jubilado por una operación que terminó mal y que dirigió, pero que debe volver a la acción para enfrentarse de nuevo a su mayor enemigo Karla (que no confunda el nombre de mujer). Lacónico, misterioso, con gabardina larga y gris, bebedor, melancólico... George Smiley solo sabe de una lealtad: a su país; y de una manera de hacer las cosas: la correcta. Imperturbable, incorruptible, quizá demasiado idealista en un mundo podrido por el dinero y los falsos mitos. Apesadumbrado por una mujer que le abandona y que le ha sido infiel con numerosos “primos” suyos. Este es George Smiley: toda una joya de la literatura contemporánea.

De John Le Carré podría tirarme hablando mucho tiempo y escribir hojas y hojas; lo mimo podría  hacer de “Tinker Tailor Soldier Spy” pero debo ir acabando por el bien de todos. Quizá esta no sea la mejor novela para empezar con John Le Carré, y sin embargo creo que no hay otra igual para descubrir por la puerta grande no solo al que para mí es el mejor escritor vivo que tiene el Reino Unido y las letras inglesas, sino al que quizá es uno de los personajes más magnéticos y enigmáticos de la literatura.  Amor, pasiones, ideales, mitos, mentiras, oscuridad, dobles identidades, dobles agentes, topos, espías ambiciosos, espías muertos y resucitados al tercer día (ojo a esto), sospechas infundadas, sospechas confirmadas, una persecución épica contrarreloj, espionaje y guerra fría... ¿Qué más se le puede pedir a un libro? Poco más y quien lo haga no es realista con sus peticiones y con su nivel literario. ¡Larga vida a John Le Carré! ¡Larga vida a George Smiley!

Caronte.

miércoles, 17 de mayo de 2017

Lectura crítica: "Falcó"

El azar, la suerte, el destino, la vida... De vez en cuando alguna de estas cosas nos trae sorpresas inesperadas por improbables e impropias y es entonces cuando uno recibe en el cuerpo una especie de descarga emocional equiparable a una eléctrica de miles de voltios que nos recorre el cuerpo y nos hace revivir un poco. Cada persona siente esta descarga con una cosa diferente o con una persona. En mi caso hace unas semanas recibí esta descarga en forma de victoria en un concurso exprés publicado en una red social. Es una tontería comparado con otras posibles descargas emocionales que nos descompongan, pero es que lo que gané fue el último libro de Arturo Pérez-Reverte firmado por el autor (firma impersonal, mecánica) con motivo del pasado Día del Libro (el libro firmado y ganado no llegó hasta varias semanas después). Y para algunos ejemplares de la raza humana como es mi caso, un libro es uno de esos regalos que siempre me hacen mucha ilusión ya que siempre es un misterio recibir un regalo que no sabes si te va a gustar o no hasta que no lo has terminado de leer.

No voy a descubrir a nadie con esta crítica quien es Pérez-Reverte ya que no creo que haya muchas personas en España que no sepan quién es este escritor y académico, otrora reportero de guerra, y gran polemizador (palabra inexistente) de masas. Por esta razón no pretendo hablar de él sino de su cambio de registro y de la creación de un personaje que según sus propias palabras ha llegado a su pluma o máquina de escribir para quedarse durante un tiempo: Lorenzo Falcó. El apellido de este hombre canalla que solo trabaja para sí mismo aunque trabaje para otros da nombre a la novela de la que hoy hablo: “Falcó”.

En “Falcó” el lector se va a encontrar un libro corto, de lectura rápida, personajes claros y concisos, trama bastante sencilla, ambientación leve, y ante todo muy dialogado. Esto que acabo de decir tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. Las buenas son que si alguien quiere empezar a leer a Pérez-Reverte con una novela de lectura ligera que no se le atragante y que nada tenga que ver con el Siglo de Oro español y Alatriste (el gran personaje de Reverte durante toda su obra), esta es su novela. Lo malo es que tengo la impresión de que Pérez-Reverte ha escrito este libro porque quería hacerlo y no porque tuviera la necesidad de hacerlo, que aunque parece lo mismo no lo es, y por ello le ha salido una novela que no termina de estar cuajada del todo para mi gusto, habiendo leído ya varias de sus obras anteriores.

En esta ocasión Reverte plantea en “Falcó” la historia de un hombre, una especie de mercenario, que presta sus servicios al mejor postor y protector, que sólo mira por sí mismo y que aparentemente no tiene ni moral ni prejuicios contra nada ni nadie. La trama gira en torno al intento de liberación de la cárcel de Alicante de José Antonio Primo de Rivera, líder de Falange durante la Guerra Civil. La misión se le encomienda a Falcó que debe llegarse hasta Cartagena (zona Roja o Republicana) y ponerse en contacto con miembros de la falange en la clandestinidad para llevar a cabo la misión. Esta es la trama tan sencilla con eso. No hay mucho más. Y digo que no hay mucho más porque quien lea esta novela se dará cuenta de que parece que no es más que una especie de preámbulo a algo más serio y real que está por venir pero que todavía no ha llegado.

Falcó” es o pretende ser una serie de libros al estilo de los del Capitán Alatriste. Está difícil la cosa, y no es que a mí me apasionen las aventuras del militar de los tercios españoles, pero el carisma y el cariño que tienen los lectores hacia Alatriste va a ser difícil que lo sientan por Falcó. Y es que Lorenzo Falcó es un ser que a ratos uno aprecia y con el que uno llega a reírse, pero que en otras ocasiones muestra su lado más canalla y falto de cualquier tipo de valor humano: mujeriego, pendenciero, socarrón, amoral, apolítico, quizá machista... Hay quien ha tachado al protagonista de este libro como un ser sin moral ni ética; a mí no me lo parece. Más bien todo lo contrario: Falcó tiene moral y ética, pero en un universo paralelo donde lo que en el mundo real sería despreciable allí no es más que una muesca más en la culata de la vida. Lo que a Lorenzo Falcó le parece bien y normal al resto de los mortales nos debería parecer mal y despreciable, o si no tenemos un problema importante.

Durante todo el tiempo que uno pasa leyendo “Falcó” tiene la impresión de que la novela no es más que el acto de presentación del personaje en sí, ya que es él y solo él el centro de atención de la narración: sus formas y maneras de trabajar, su forma de vestir, sus gustos, su estilo, su forma de hablar, retazos de un pasado turbulento y oscuro, etc. Pérez-Reverte no ha creado una novela normal y corriente, bien construida con trama y personajes bien ambientados, sino una especie de tarjeta de presentación de su nueva creación literaria. No lo estoy criticando que conste, pero creo que se podría haber sido un poco más ambicioso a la hora de presentar al gran público un personaje con visos de seguir presente en unos cuantos libros más. La trama es secundaria y muchos de sus personajes también, salvo dos: el Almirante, que es el jefe de Falcó y una mujer que aunque parece desaparecer al final del libro creo que va a tener también continuación como elemento turbador y debilitador del pétreo e imperturbable Lorenzo Falcó. Son estos dos personajes secundarios en cierto modo los que más me han gustado, incluso más que Falco que llega a ser un poco cargante.

Como dije al principio no quería con este artículo descubrir a nadie a Pérez-Reverte ya que se basta él solito ya sea con sus libros como con sus polémicas para hacerse famoso. Únicamente he de añadir que “Falcó” es una novela lo suficientemente entretenida como para ocupar dos o tres tardes de lectura, no más, ya que debido a los rápidos diálogos y a las transiciones de película en las que se cambia de escenario, la novelase lee muy rápidamente y sin ninguna complicación en cuanto a estilo y léxico. No puedo decir que es un buen aterrizaje en el mundo literario de Pérez-Reverte ya que esta novela no representa ni de lejos su obra anterior, pero es un buen comienzo con un autor de indudable categoría que o gusta a rabiar o es de los que terminan por ser odiados por lectores incapaces de leer más de cien páginas de ninguno de sus libros. Por todo esto, lo dicho, quien se anime con el libro descubrirá a un personaje que quizá deje en el futuro, porque no en este libro y aventura, huella.

Caronte.

martes, 9 de mayo de 2017

Lectura crítica: “Tenemos que hablar de Kevin”

Cuando hace apenas una semana me acerqué hasta mi librería de segunda mano de cabecera tenía la intención y el propósito de empezar a leer algo de Javier Cercas. De hecho llegué a tener en mis manos el libro que quería comprarme de este autor español, y que ya había localizado en una visita anterior a dicha librería. Sin embargo, así como muchas veces el amor surge de un encontronazo al abrir la puerta del portal de tu casa con esa vecina por la que siempre has sentido esas estúpidas mariposas en el estómago, la atracción por un libro puede surgir de la nada, simplemente con un chispazo. Esto fue lo que pasó. Me vi en la librería de siempre, imbuido en ese aroma tan especial que desprende un libro usado, con dos libros, uno en cada mano, sin saber por cuál decidirme. En estos casos lo mejor es que decida el más parcial de los árbitros posibles en una librería: el propio librero. Sin dudarlo me recomendó el que acabo de terminar de leer, haciendo que postergara el descubrimiento de Cercas para otra ocasión. ¡Bendito librero!

Lo que ese bendito librero no me dijo, ni me avisó, fue que el libro que estaba comprando era sumamente adictivo e hipnótico, hasta puntos quizá paranoicos y esquizofrénicos. “Tenemos que hablar de Kevin” es sin lugar a dudas el mejor libro que me he leído en lo que va de año. Es también el libro que más me ha costado leer y al mismo tiempo el que más quería seguir leyendo para saber todo lo que hay que saber de esta historia. Lionel Shriver, la autora de la novela, creó en 2003 una de esas obras que sin grandes pretensiones, sin ese orgullo de grandes autores y grandes novelas que luego se desinflan como la rueda pinchada de una bicicleta, logra lo que muchas no llegan ni tan siquiera a vislumbrar: mantener al lector sumamente interesado en la trama de principio a final, y sobre todo llegarle a lo más profundo.

No destripo la novela a nadie si digo que “Tenemos que hablar de Kevin” trata el tema (bastante tabú en una sociedad colmada hasta la saciedad de tópicos típicos y normal que hay que seguir para ser “normal”) de aquellas mujeres que se sienten infelices al ser madres. El propio título del libro deja entrever de qué va también: hay una madre, Eva, que hace las veces de narradora de la historia a través de una serie de cartas enviadas a su ex marido, Franklin, en las que va desgranando como si fuera una granada sus vida conyugal de pareja primero y familiar después con el nacimiento de Kevin. Kevin... Ese protagonista total y absoluto de este libro. Ese niño llorón, tristón, quieto, raro, extraño, que no quiere a su madre, indiferente a todo y todos, sin sentimiento alguno, sin pensamientos y por así decir casi sin voluntad. Ese bebé, primero, niño, después y por último adolescente que termina sobrecogiendo al lector.

De “Tenemos que hablar de Kevin” se puede contar el argumento de manera somera y cómo empieza la historia. No se destripa nada si también se dice que con 16 años Kevin provoca una matanza en su instituto llevándose la vida de varios de sus compañeros. Pero no se puede, no puedo ni debo ni quiero, decir nada más. Bueno, puedo decir una única cosa más: la historia que las poco más de seiscientas páginas de esta novela va dejando a la luz en esas cartas escritas por Eva a su marido Franklin es simplemente brutal. Brutal de manera literal pero también metafórica. No creo que haya mejor adjetivo para describir este libro, esta historia, que va subiendo en intensidad hasta explotar en una penúltima carta (que hacen las veces de capítulos) que deja sin aliento al lector, además de arrancarle el alma, arrojarla a los pies y pisotearla.

Al principio dije que pocas novelas me han hecho sentir lo que “Tenemos que hablar de Kevin” ha conseguido. Añado aquí que muy pocas han logrado hacerme experimentar tantos, tan variados y tan opuestos sentimientos a medida que iba leyendo. Lionel Shriver de manera sutil pero eficiente mete al lector prácticamente en situación en la trama de la novela y le engancha con un estilo claro, conciso, sin ambages, sin florituras y sin pretensión alguna: deja que la historia vaya fluyendo de manera natural haciendo que sea el lector quien vaya sintiendo lo que considere por cada uno de los personajes protagonistas de esta tremenda historia, que no es más que la historia de una realidad macabra norteamericana: la de las matanzas escolares.

Y “Tenemos que hablar de Kevin” es dura, muy dura, quizá más de la cuenta, pero es real, o al menos realista. Todos nos hemos estremecido, bastante más a menudo de lo que sería normal, con las noticias de masacres en escuelas e institutos americanos. Pero no es lo mismo verlo durante diez minutos un día en un telediario, que leer sobre ello durante varios días varias horas. Por eso esta novela es tan dura, y cruel, y cruda, y salvajemente adictiva (siempre hay un punto morboso en leer sobre este tipo de cosas). Por no decir que también es bastante explícita, sobre todo en el penúltimo capítulo, que es sobrecogedor. Nada destaca por encima de nada en este libro. Esta novela es todo un conjunto que brilla por su manera de narrar de manera novelada una triste y dolorosa realidad.

Es difícil plasmar en papel y en palabras los sentimientos que a los largo de estos días he sentido al leer “Tenemos que hablar de Kevin”. Cada personaje es un mundo: Eva, la madre infeliz por serlo que se da de bruces con una realidad que había idealizado, la de la maternidad, es una mujer atormentada que se culpa constantemente de la acción de su hijo y busca respuestas donde quizá no las haya, sin darse cuenta de que el mal hay ocasiones que viene de manera innata en un bebé; Franklin es ese padre prototipo americano que una vez tiene un hijo, encima varón, se vuelca con él de manera idólatra sin afearle nada, buscando justificaciones a acciones que no las tienen y ante todo no viendo una realidad cegadora que por esa misma característica queda oculta; luego está Celia, la hermana menor de Kevin, a la que saca ocho años, una adorable niñita que ama a su hermano mayor como solo las hermanas pequeñas pueden hacer son sus mayores, a la que se la coge cariño casi sin querer; y por último está Kevin... No creo que pueda ser objetivo a la hora de hablar del protagonista de esta novela, porque sentimientos de odio, rechazo, asco, etc., nunca son buena señal aunque se hable de una ficción; sin embargo en esta novela se sienten y además con mucha intensidad.

Tengo la impresión que por mucho que intentara plasmar en esta crítica lo que “Tenemos que hablar de Kevin” ha supuesto para mí como lector, no lograría realmente transmitir todo lo que esta novela me ha hecho sentir y experimentar: pena, odio, condescendencia, impotencia, asco, ternura, tristeza... Hay novelas que te marcan durante un tiempo, el justo que hay entre un libro y otro, hay otras que por las que se pasa sin pena ni gloria, y luego están novelas como esta, que tengo la sensación que voy a recordar durante mucho tiempo. El único problema o pega que le pongo a este libro es que ahora no sé cual leer sin que me decepcione y por tanto lo desvirtúe. Quien quiera aceptar mi consejo y recomendación de leer sin falta esta novela encontrará un libro duro, muy duro, brutalmente duro quizá, pero que se lee bien y fácilmente, y que engancha hipnóticamente de principio a fin...por desgracia.

Caronte.

jueves, 4 de mayo de 2017

Lectura crítica: "Todas las familias felices"

Cuando el día del libro de este año fui hasta la Plaza del Dos de Mayo a mi librería de segunda mano de cabecera tenía claro que quería comprar un libro de algún lector todavía desconocido para mí y del que no tuviera ningún ejemplar en mi biblioteca particular. Otra de las cosas que también tenía claras en esa mañana de abril radiante en Madrid era que si podía ser ese nuevo descubrimiento debería ser en español, ya fuera un escritor español o iberoamericano, que escribiera en la lengua de Cervantes cuya muerte se celebraba ese día en España con la fiesta de los libros. El escritor que terminó ampliando mi biblioteca con uno de sus libros fue Carlos Fuentes: uno de los escritores más importantes de lo que en su día se llamó el Boom Latinoamericano de las Letras, club formado entre otros por García Márquez, Julio Cortázar o Vargas Llosa. Hacía tiempo ya que me rondaba la cabeza el nombre de Fuentes pero no me terminaba de decidir a leer ninguno de sus libros; sin embargo el Día del Libro de este año terminó esta indecisión.

Lo que no supe hasta que me puse a leer “Todas las familias felices”, que fue el libro que opté por comprar de segunda mano aquella no tan lejana mañana del Día del Libro, es que había comprado no una novela sino un libro de relatos. Es posible que esto suene raro, ya que se supone que uno cuando compra un libro sabe qué libro está comprando, pero a mí no me pasó, porque leyendo la sinopsis, plagada de diferentes historias y personajes, pensé que el libro sería una novela coral sobre la sociedad mexicana, y no un conjunto de relatos o cuentos que en el fondo no constituyen más que un relato coral pero independiente en sus partes de la misma sociedad mexicana de la que quería leer algo. Luego la sorpresa al final no fue tan sorprendente y tras leer el libro tengo la sensación de no haber podido elegir mejor el primer libro de Carlos Fuentes que leer.

Todas las familias felices” como acabo de decir es un libro de cuentos o relatos, 16 concretamente, pero además entre relato y relato se intercalan otras 16 prosas poéticas. Sin entrar a relatar por encima ninguno de los relatos, ni aquellos que más me hayan gustado ni los que menos me han llegado o transmitido, sí quiero dejar claro que como el propio nombre del libro indica, todos los relatos o prosas poéticas aquí reunidos guardan un elemento en común: la familia. En todos los relatos se habla de familias, de diversos tipos de familias con sus diversos tipos de problemas, pasados, presentes y futuros. En todos los relatos México y la sociedad mexicana forman también una parte muy importante, básicamente como contexto en el que se desarrollan las vidas de los diferentes protagonistas de los relatos. Así, con México como escenario, Carlos Fuentes, a través de estos cuentos narra, excusándose en la ficción, la realidad de la sociedad mexicana contemporánea, ya que los cuentos están ambientados en el México más actual (el libro es de 2006).

Como en todo libro de relatos, en “Todas las familias felices” Carlos Fuentes se centra en una temática muy concreta, como he dicho, y en este caso es la familia, los diversos tipos de familias y las relaciones que se pueden dar en ellas, en su seno y de vistas hacia el resto de la sociedad. Así, a lo largo de los 16 relatos se pueden encontrar algunos cuyos protagonistas son un matrimonio gay de larga duración que se ve asaltado en las postrimerías de la vida por la lujuria de la carne joven; otros en los que las relaciones padres hijos son las imperantes, con sus aristas cortantes y sus claroscuros constantes; y otros en los que el amor o el odio, caras de la misma moneda a fin de cuentas, son los protagonistas y socavan las relaciones personales entre los miembros de las familias.

Sin embargo “Todas las familias felices” es más un retrato de la sociedad mexicana, o creo que debe ser así, que de los diferentes tipos de familias que se pueden dar a lo largo y ancho del mundo dando igual el país, la religión o la cultura. En los diferentes relatos que Carlos Fuentes reunió en este libro, ya que por desgracia y por leyes de la naturaleza es maestro mexicano de las letras nos dejó en 2012, se muestra a veces con verdadera crudeza la realidad de México, un país que, por herencia española y cultura que hunde sus raíces en la imposición centenaria de la fe cristiano-católica, sigue teniendo muy en cuenta el qué dirán y las apariencias, que se muestra escéptico, supersticioso y ante todo criticón. Digo esto no como crítica, o como modo de menospreciar a la cultura mexicana, sino como muestra de la realidad que es y que Carlos Fuentes plasma con su maravilloso estilo, limpio y claro, en los diferentes relatos.

Debo además aquí hablar no solo de los relatos o cuentos que forman parte de “Todas las familias felices”, sino también de las prosas poéticas. He aquí un elemento que jamás había leído en un libro. Al principio he de confesar que me resultaron tediosas de leer, no las entendía y además no lograba conectar con su belleza innata a la vez que oculta y disimulada. Sin embargo, para mi propia sorpresa, a medida que me iba leyendo el libro y pasaba por cada una de esas 16 prosas poéticas, que al principio juzgué falazmente como poesías, fui percatándome de la profundidad que esas frases, muchas veces inconexas, sin signos de puntuación a veces, y sin rima alguna, transmitían. Esas prosas poéticas, quizá más incluso que los relatos, muestran el México más ruin, seco, crudo, cruel y sangriento: ese México herido de muerte por la miseria que conlleva violencia que implica muerte. Hay algunas de esas prosas poéticas que realmente son demoledoras por la historia que dejan entrever.

Ya lo dije al principio y lo reitero ahora al concluir esta crítica, “Todas las familias felices” no solo ha sido el primer libro de Carlos Fuentes que cae en mis manos y me leo, sino que además ha sido un magnífico descubrimiento que me ha abierto las puertas de la literatura mexicana quizá con su mejor y más importante representante. Todos y cada uno de los relatos de este libro enganchan y conectan con el lector que muy probablemente puede llegar a verse reflejado en alguno de ellos o ver en alguno de los personajes a algún conocido. Tengo la impresión de que no elegí nada mal qué libro de Fuentes empezar a leer aunque fuera casi una especie de error (¡ojalá todos los errores sean así a la hora de leer!). El estilo simple, sincero y directo de su prosa, así como las diferentes historias y el mosaico caleidoscópico que se muestra de México en sus páginas, hacen de este libro un muy buen empiece o toma de contacto con la obra de Carlos Fuentes. Así que no me queda más que recomendar a todo aquel que quiera profundizar un poco más en la narrativa latinoamericana que se atreva con Fuentes, porque a mí no me ha decepcionado.

Caronte.

viernes, 28 de abril de 2017

Lectura crítica: "El hereje"

Desde segundo de bachillerato, ya en la prehistoria de mi vida casi, no he vuelto a leer nada de uno de los grandes de las letras castellanas, Miguel Delibes. Si en aquella ocasión, cuando contaba con apenas 17-18 años y no era más que un aprendiz de lector, me acerqué a la obra de quizá el más ilustre de los vallisoletanos del último siglo por obligación (“Cinco horas con Mario” entraba para Selectividad como una de las posibles lecturas sobre las que podíamos ser preguntados los candidatos a universitarios), esta vez ha sido por propia voluntad. Tenía además que saldar una deuda importante con este gran escritor patrio, candidato al Nobel seguro que muchas veces aunque nunca lo ganara (inmerecidamente según mi entender viendo otros premiados), y por ello cuando vi este ejemplar, en edición del décimo aniversario de la publicación de la que fue su última novela, en una librería de segunda mano, no dudé dos veces, y aunque había otros candidatos para ser comprados, y lo compré para leerlo y así saldar dicha deuda de años sin recaer en la prosa castellana de Delibes.

El hereje” es uno de los grandes libros de Miguel Delibes. Esto no tiene discusión. Antes cuando se estudiaba en el instituto la literatura española del siglo XX, Delibes salía siempre nombrado y los estudiantes nos teníamos que aprender, casi de carrerilla, algunas de sus obras, entre las que estaban siempre esta novela, que por cierto fue la última que escribió en 1998 y que además recibió el Premio Nacional de Narrativa (lo que supuso su segundo galardón de este tipo). Por esta razón, hablar de esta novela es muy complicado, porque implica hablar de un libro que está dentro de la historia de la literatura en castellano y nada de lo que se pueda decir de manera subjetiva (como lo voy a hacer yo) debería llevar a nadie a leerlo o no.

Quizá “El hereje” sea la primera gran novela histórica de la literatura española, y si no la primera, al menos una de las que más poso ha dejado en las siguientes generaciones de escritores. Sin embargo a diferencia de novelas históricas posteriores, surgidas al albur del siglo XXI y que han sido y siguen siendo superventas, esta obra de Delibes es una novela histórica de verdad: sin pretensiones, sin orgullo, sin grandes aspavientos. Con mucha delicadeza, con una prosa muy cuidada, pensada y culta, Delibes retrata la Valladolid del siglo XVI, durante el reinado de Carlos I (Emperador Carlos V) y parte de Felipe II: una época de muchos cambios sociales, en los que el capitalismo empezaba a surgir de entre los restos de la ya destruida Edad Media, donde la globalización empezaba también a dar sus primeros pasos, pero donde aún arraigaban con fuerza las tradiciones castellanas con sus prejuicios, puritanismo, miedos, supersticiones y analfabetismos propios de una España que, en cierto modo, nunca ha dejado de ser una España de pueblos, campo y animales.

Para intentar decir de qué trata “El hereje” es mejor ir por partes. Ya tenemos una época: siglo XVI; pero hay que añadir un contexto tanto nacional como internacional. En 1517 Lutero fijó sus noventa y cinco tesis contra las indulgencias en la puerta de la iglesia de Wittenberg, hecho que desencadenaría el cisma de la Iglesia católica y la Reforma protestante. Ese mismo nacería Cipriano Salcedo, a la postre protagonista de la novela de Delibes. Con una niñez protagonizada por el rechazo de su padre por considerarle el asesino de su mujer muerta durante el parto, Cipriano crece en una Valladolid piadosa que empieza a olerse el cambio social. En su juventud Cipriano se enamora, o cree enamorarse primero de su nodriza, luego de una pueblerina muy fogosa que lo único que desea es ser madre, hecho que no consigue y que la vuelve loca. Mientras tanto Cipriano se convierte en un ávido comerciante de lanas, zamarros y prendas que vende a todos los estratos de la sociedad vallisoletana. Hasta que da con la religión y el cambio reformista luterano.

A diferencia de otras novelas históricas más recientes, “El hereje”, como he dicho antes, no es una novela pretenciosa, sino humilde. Delibes no pretende generar una trama macabra, dura, doliente y angustiosa que ponga al lector de lado claro del protagonista mártir de unos malos muy malos y unas injusticias flagrantes. No. Esta novela es tranquila y no hay malos propiamente dichos. Cipriano Salcedo el protagonista es un gran comerciante, un amante sin amor y desconocedor del mismo, pero ante todo un gran hombre de mundo, de saber, de fe; un hombre de bien que nunca ha pretendido hacer mal a nadie, justo, y sobre todo tolerante que pretende que su sociedad mejore. Pero en la España de Carlos I y Felipe II, los grandes defensores de la fe cristiana apostólica romana, no hay tolerancia que valga, no existen las medias tintas: o se está con unos o con otros; se es creyente o hereje. En este último saco cae Cipriano Salcedo llevado por las corrientes protestantes de la época. Si en esta novela hay algún malo es la intolerancia religiosa y el fanatismo de la fe, encarnados en la Santa Inquisición que quema en la hoguera en acto público a aquellos que no siguen sus normas.

El hereje” es una novela histórica que indaga de verdad en una época concreta de la historia, en unos acontecimientos muy interesantes, dotando a la trama de una belleza narrativa y estética muy elevada que hace que su lectura, aunque no enganche tanto como las superventas actuales, mece al lector durante la misma. Las estampas de los campos castellanos, las descripciones de los usos y costumbres tanto de la ciudad como del campo, las escenas de caza y pastoreo, los detalles de los amaneceres y atardeceres sobre los campos de cereales de la llanura castellana dan a esta novela de manos de Miguel Delibes un aire que va más allá de la simple novela histórica, ya que de hecho desde mi humilde punto de vista, el apelativo histórico solo podría aplicársele durante la última parte del libro (tiene tres más un prólogo extenso), ya que si atendiéramos a las otras dos, bien podría ser esta una novela costumbrista más de tantas que ha dado la literatura española. Pero no es así por la última parte, esa gran última parte en la que todo el contexto histórico y toda la trama terminan por destejerse y mostrarse al lector.

Con lo dicho hasta ahora creo que va siendo hora de terminar. “El hereje” es una novela de contexto histórico claro, en la que más que la trama real que narra, son importantes los diversos personajes que se van relacionando con Cipriano Salcedo, el protagonista, durante todo el desarrollo de la misma. El amor, la tolerancia, la libertad de pensamiento, las costumbres de la burguesía y del campo, la caza, los campos de Castilla, etc., son parte de una historia más que bien hilvanada por Miguel Delibes, y ante todo excelentemente escrita como corresponde a uno de los grandes maestros de la narrativa tradicional española. Quien busque en esta novela delicada y bellísima una trama angustiosa y adictiva no la va a encontrar; en cambio quien prefiera un buen texto, una narración que va llevando al lector con tranquilidad por la Valladolid del siglo XVI y las truculencias de la intolerancia de la Inquisición ante la Reforma Protestante, este es su libro sin lugar a dudas.

Caronte.

miércoles, 19 de abril de 2017

Lectura crítica: "Llámame Brooklyn"

De vez en cuando, sin esperarlo y casi sin buscarlo, uno da con un libro de esos que hacen que merezca la pena leer y leer y leer sin cesar en busca de esos grandes libros que constituyen la literatura con mayúsculas. Sin quererlo ni beberlo hace un par de semanas fui a una librería de segunda mano en busca de algún libro de los autores que más suelo leer. Buscando entre las estanterías repletas de libros di con uno que me llamó la atención primeramente por su físico: era un libro encuadernado en tapa dura pero con una peculiaridad que hizo que mis ojos se fijaran en él de inmediato: el filo de las páginas estaba teñido de azul celeste. Quizá resulte frívolo fijarse en un libro por su aspecto exterior, pero así como pasa con las personas lo primero que nos entra y nos atrae es el físico. Si nadie nunca se va a enamorar de nadie que no considere guapo o atractivo, pasa algo parecido con los libros: la presentación importa. Sin embargo, lo que primero fue un flechazo físico, tras leer este libro el enamoramiento ha sido completo.

Eduardo Lago es el autor de “Llámame Brooklyn”. Escritor y novela bastante desconocidos para el público en general, incluido yo mismo hasta que di con la edición de Malpaso de esta novela, premiada por cierto con el permio Nadal de 2006, el de la Crítica y el Ciudad de Barcelona. Es curioso que una novela de tanto nivel literario y tan premiada, sea al mismo tiempo tan desconocida y no haya sido, ni sea un éxito de ventas. Supongo que este desconocimiento viene dado por la relativa poca fama y obra de su autor: Eduardo Lago ha escrito únicamente dos novelas contando con la que me atañe hoy aquí, y publicado únicamente otros dos libros más de cuentos. Sin embargo esto no hace de Lago un autor menor, ya que su prestigio radica en su actividad docente como catedrático en EE.UU. y su actividad como traductor; además fue director del Instituto Cervantes de Nueva York, ciudad en la que reside desde 1987, impulsando el intercambio cultural y literario entre el mundo de las letras americanas y el hispánico.

Por ser escueto a la hora de explicar un poco el argumento de “Llámame Brooklyn”, solo puedo decir, dada la complejidad argumental de la obra, que la novela va de cómo un periodista, Néstor Oliver-Chapman, tras recibir la noticia de la muerte de su amigo Gal Ackerman, se ve obligado a cumplir con un pacto tácito hecho con él hacía mucho tiempo: rescatar entre los centenares de cuadernos de notas y papeles de Ackerman una novela a medio terminar para darla fin. Partiendo de este, aparentemente sencillo, argumento, Eduardo Lago conforma una historia en la que la amistad y ante todo el amor se van entrecruzando en la vida de los diferentes protagonistas que conforman el variado y variopinto collage que, en definitiva, es esta novela.

No puedo llamar de otra manera a “Llámame Brooklyn” que collage, ya que no es un libro plano y sencillo, cosa que en cierto sentido me esperaba al ver en la fajilla promocional de la edición que compré que había ganado el Nadal, permio que como muchos otros en España, después de caer en la mano de editoriales gigantescas que piensan únicamente en el beneficio económico, ha dejado de lado la calidad literaria. Esta novela es de gran calidad, de elevado nivel literario. No es de lectura sencilla ni fácil, es más quien se quiera sumergir en sus páginas tiene que tener en cuenta que no se va a encontrar con una novela con presentación, nudo y desenlace al uso, sino que todo esto está pero ligeramente distorsionado para conseguir construir un relato lleno de belleza, que engancha al buen lector por esa misma razón: por la hermosura y belleza de su narración.

He dicho que “Llámame Brooklyn” no es un libro de lectura sencilla por el simple hecho de que se van entremezclando personajes, voces narradoras, historias presentes y pasadas casi sin transición. Pero no solo esto, sino que además, con una maestría que llevaba tiempo sin ver en ningún autor o libro, se entremezclan ficciones dentro de la propia ficción, ya que el protagonistas de la novela Gal Ackerman, un hombre lleno de literatura y letras, escribe sobre todo y saca cuentos de cualquier escena real cotidiana. Esta incorporación de cuentos dentro de la historia principal y de la ficción real hace que esta novela sea mucho más que una simple historia y se convierta en varias historias al mismo tiempo.

Los personajes de “Llámame Brooklyn” son como buenos diamantes: tienen muchas facetas, y no siempre generan al lector los mismo sentimientos y sensaciones. Así Ackerman se puede mostrar tierno y enamoradizo cuando habla de Nadia Orlov, la muchacha de la que se enamora perdidamente y de la que nunca dejará de estar enamorado aunque no pueda estar con ella, pero también cínico, arisco, borde y hasta prepotente cuando son otros los temas que comparte con sus amigos del Oakland, un bar en la zona de los muelles de Brooklyn donde se dan cita desheredados del mar y la tierra, personas con almas perdidas, oscura o al menos neblinosas. Luego tenemos a Néstor, el amigo del escritor Ackerman, encargado de bucear en su vida más íntima y personal para terminar una novela inacabada y presentársela a la tumba de Ackerman. Néstor es una persona apasionada de su trabajo, compasiva, que sabe escuchar y a la que le gusta hacerlo; escuchaba incesantemente a Ackerman mientras le conoció, pero cuando tuvo que meterse en su vida apareció la desesperación, el miedo al fracaso y las verdaderas aristas de la vida.

No quiero dejar de mencionar el propio título de “Llámame Brooklyn”. El nombre de uno de los barrios más famosos de Nueva York, allí donde numerosos artistas se han dado cita siempre a lo largo de la historia de la ciudad de los rascacielos, no aparece en el título de la novela porque esta se desarrolle en él, sino por un personaje que aparece al final de la historia que cambia radicalmente la percepción de la misma. Por ello esta novela además de un collage, puede entenderse también como un caleidoscopio de múltiples formas, colores y figuras, que cambian constantemente al pasar las páginas haciendo que el lector nunca esté leyendo la misma historia sino múltiples puntos de vista que siempre se enmarcan en los mismos paisajes mirados con ojos diferentes según el personajes que tome la palabra.

Pero hay más, porque Eduardo Lago, que lleva treinta años viviendo en la Gran Manzana, en la ciudad de ciudades, la eterna ciudad del futuro, plasma en “Llámame Brooklyn” probablemente las más bellas escenas e imágines de Nueva York: ni tan siquiera Paul Auster, a quien tanto aprecio tengo, ha logrado plasmar como lo ha hecho Lago la vida, el alma y el espíritu de la Nueva York más íntima y personal, la más incierta y desconocida, la más oscura y canalla. Nueva York y más concretamente el barrio de Brooklyn no son simplemente el escenario donde se desarrolla la novela, sino un personaje más de la misma que acompaña a los diversos hombres y mujeres que conforman este precioso relato, en el tiempo presente y el pasado de la narración, inspirándoles miedo, amor, tristeza, desesperación, melancolía, alegría, pasión...

No puedo añadir más de “Llámame Brooklyn”, una novela que me ha llegado a lo más profundo de mi ser, que me ha acompañado durante varios días de lectura, haciendo que sus personajes fueran viejos conocidos míos a los que llevaba sin ver largo tiempo, haciéndome viajar a ese Nueva York puro e intimista en el que cabe la soledad con toda su intensidad. La crítica ya se rindió a esta magnífica obra literaria, obra de arte, de Eduardo Lago; solo falta que lo haga también el público y que descubra una de las mejores historias que se han escrito en España en las últimas décadas y deje de estar en la penumbra en la que creo que está (por no mencionar la magnífica y cuidada edición que ha hecho Malpaso que me dejó prendado desde el momento que vi el ejemplar en la librería de segunda mano donde lo compré). Solo me queda recomendar encarecidamente la lectura de este libro que creo que no puede dejar indiferente a nadie, cosa que es de agradecer entre tanta morralla sin sentimiento ni pasión que se escribe últimamente.


Caronte.

lunes, 10 de abril de 2017

Lectura crítica: "Un espía en la trinchera"

Vuelvo a escribir en el blog después de muchas semanas en las que he estado enfrascado en la escritura de una nueva novela que irá directamente al cajón. Esto no quiere decir que yo haya dejado de leer durante todo este tiempo. Ni mucho menos. Simplemente no he tenido tiempo de escribir tanto como me hubiera gustado y las jornadas de escritura de la novela me han cansado mucho y dejado el cerebro seco de ideas y escaso en palabras. Ya tenía ganas de volver a hacer una reseña literaria. Vuelvo fuerte reseñando un premio literario, cosa que no suelo hacer puesto que los premios literarios, salvo unos pocos (dos o tres en España y otras tantos extranjeros), no me suelen atraer demasiado ya que siempre me decepcionan bastante. Hoy me toca hablar de un libro que no es una novela sino un ensayo/biografía, y que de hecho ha sido merecedor del XXIX Premio Comillas, que se publicó hace escasamente un mes y que mis padres tuvieron a bien regalarme para mi cumpleaños hace una semana más o menos.

Hace un par de años, en 2015, por mi cumpleaños también recibí como regalo un libro parecido. En aquel entonces en autor era un periodista inglés y el título del libro era “Un espía entre amigos”; en esta ocasión el autor es también periodista pero español y el título del libro tiene bastantes semejanzas siendo en este caso “Un espía en la trinchera”. Hay más semejanzas ya que ambos libros, ambos ensayos, versan sobre la misma figura, el mismo personaje: probablemente el espía más importante de la historia o al menos del siglo XX: Kim Philby. A mucha gente este nombre no le sonará y quizá nunca lo haya escuchado, pero es uno de los personajes más misteriosos, enigmáticos y atractivos (desde el punto de vista literario o novelesco) que hayan existido. Desde luego a mí desde que lo conociera gracias a una novela de John Banville “El intocable” que me llevó a indagar sobre el llamado Círculo de Cambridge, me ha atraído muchísimo y no hay noticia que salga sobre él, o libro dedicado a su persona, que no me interese.

Es cierto que “Un espía en la trinchera” bien podría ser el título de una novela de espionaje a la vieja usanza: oscura, con ambientes tórridos llenos de humo, personajes del hampa o de altas clases sociales enturbiados por dobles vidas, clubes privados, gabardinas y sombreros de fieltro. Sin embargo el título esconde la historia de Kim Philby durante la Guerra Civil española. Lo primero que debo decir es quién fue Philby, aunque sea por encima. Educado en los mejores colegios ingleses, y formado en la universidad de Cambridge, Philby siempre fue un comunista convencido desencantado con el laborismo inglés, que vio en la URSS esa patria idílica a la que servir y extender por todo el globo. Por esta razón muy pronto se dejó ver por ambientes comunistas y a relacionarse con personajes ligeramente turbios, hasta que fue reclutado como espía soviético en primer lugar para infiltrarse en los círculos de poder inglés, pero también estallada la Guerra Civil Española para ser enviado al frente para obtener información valiosa que pasar a Moscú desde el bando sublevado o Nacional. Es en esta etapa donde pretende incidir Enrique Bocanegra en su libro.

Un espía en la trinchera” abre fuego con un primer capítulo en el que de manera magistral y adictiva Bocanegra narra como Philby, corresponsal del diario inglés The Times, y otros tres corresponsales de prensa son alcanzados por un obús en las inmediaciones de Teruel, a resultas de lo cual queda herido aunque no fallece como sí que les ocurre a los otros tres periodistas. Este hecho resulta crucial para la carrera de Philby ya que le permitirá ser visto con mayor honor entre los mandos del ejército de Franco y condecorado por el mismo general rebelde. Obviamente Philby al ser reclutado por los comunistas y como tapadera debe dejar a un lado, al menos aparentemente, sus filiaciones comunistas para no dar pistas de su verdadera personalidad e ideología.

Tras este primer capítulo memorable, “Un espía en la trinchera” y su autor entran en terreno algo más pantanoso, ya que se va a los orígenes del Kim Philby espía para narrar cómo es reclutado, los primeros pasos titubeantes al servicio de Moscú, las frustraciones personales por creer que no está sirviendo a la causa del comunismo universal, etc. Pasan los capítulos y Enrique Bocanegra, cuya labor de documentación e investigación son dignas de encomio, parece perderse en ramas secundarias de la vida de Philby. Leyendo el libro he tenido la sensación en muchas ocasiones que la búsqueda de información sobre el paso de Kim Philby por España no le estaba dando los suficientes frutos al autor, o al menos lo que él esperaba, y por tanto  ha tenido que recurrir a historias secundarias que sin dejar de ser interesantes se alejan bastante del papel que se supone que jugó el espía inglés al servicio de Moscú durante el conflicto fratricida español.

Lo que en un primer lugar me llevó a querer leerme “Un espía en la trinchera” fue el hecho de que el libro se anunciaba como una indagación profunda en el paso y el papel que Philby jugó en España durante la Guerra Civil. Sin embargo una vez leído, el libro no pasa de ser una especia de digresión sobre la vida de Kim Philby en todo lo concerniente a su trabajo en España, sin recalcar ni incidir realmente en el trabajo como espía, ya que a veces el libro parece ser más bien una especie de diario de viaje por una España en guerra, que una obra extensa de documentación e investigación. Tengo la sensación de que Enrique Bocanegra, con todos mis más humildes respetos, esperaba haber encontrado mucho más de lo que ha encontrado en referencia a Philby y su paso por España y que él mismo quedó decepcionado por apenas encontrar un muy leve rastro que creo que no ha sido suficiente para cerrar un libro que aspiraba a ser una especie de tesis definitiva del trabajo de espionaje de Kim Philby en España.

A pesar de esta ligera decepción con “Un espía en la trinchera”, he de añadir que esto no quiere decir que no me haya gustado, ya que aunque haya sido poco y a veces de manera más superficial de lo deseado, el trabajo periodístico de investigación y documentación realizado por Enrique Bocanegra me ha descubierto algunos datos relevantes de la biografía de uno de los personas que más me atraen de la historia del siglo XX, ese siglo que parece tan lejano en el tiempo pero del que apenas nos separan docena y media de años. Kim Philby, para mí, es y seguirá siendo uno de esos personajes a los que admirar, que antepuso sus convicciones personales (políticas, sociales y culturales) a sus lealtades patrióticas adquiridas por nacimiento, esas que nadie nos pregunta si queremos aceptar, jugándose la vida (ya que la traición en Inglaterra se pagaba con la horca) durante quizá la época más convulsa de la historia la IIGM y la Guerra Fría. Para aquellos que quieran empezar a indagar en la figura de Kim Philby, este puede ser su libro, aunque hay otros, mucho mejores o al menos más interesantes, que ahondan más en este personaje.


Caronte.