viernes, 16 de junio de 2017

Lectura crítica: “A sangre y fuego”

Acabada la Feria del Libro no hace ni una semana (aún se puede sentir cómo los espíritus de los libreros, editores, escritores y lectores recorren las ya fantasmagóricas casetas del Paseo de Coches del Retiro) toca empezar a leerme todos los libros que he almacenado cual Diógenes bibliófilo y que harán que no compre ningún ejemplar más hasta nuevo aviso – probablemente hasta finales de julio una vez haya vuelto de mis vacaciones playeras. De hecho ya me he leído tres de los nueve libros que compré en la Feria, pero como leo más de lo que me da tiempo a reseñar en el blog he decidido hablar únicamente de uno de esos tres libros, básicamente por ser de un escritor que no había leído nunca y que está un poco olvidado – desgraciadamente – para el gran público lector de este país. Y si también he elegido este libro para reseñar es porque lo ha editado y publicado una de esas editoriales, Libros del Asteroide, que sin mucho ruido pero con gran esfuerzo detrás sacan adelante un trabajo admirable haciendo que los que amamos la literatura y los libros tengamos un muy buen catálogo donde perdernos.

 De Manuel Chaves Nogales y su obra más profunda y personal, que no la más famosa, “A sangre y fuego” no tenía conocimiento hasta apenas hace un mes cuando empecé a bucear en Internet para encontrar esos libros que buscaría en la Feria del Libro y decidiría comprar o no. ¡Y bendito buceo internetero! Puede que en España novelas o libros de ficción sobre la Guerra Civil contemporáneos, es decir aquellos escritos por autores que no vivieron la contienda ni tan siquiera de manera muy lejana sino simplemente por el relato de familiares o personas que sí que lo vivieron, resulten todos monótonos e iguales, ya que por norma general los escriben personas ideológicamente cercanas a la izquierda perdedora de la guerra y de la posguerra. En el libro de relatos de Chaves Nogales que reseño hoy no hay ningún poso de victoria o derrota; y si lo hay es más bien de esto último: derrota; pero no la derrota de un bando sino de una sociedad, un país y una forma de vida que se vieron destruidas en apenas tres años de brutal guerra.

A sangre y fuego” es un libro de relatos, concretamente once en la edición que me he leído, aunque fueron nueve originariamente cuando se publicó una primera edición de esta colección allá por 1937 en Chile. Desde entonces y debido al exilio del escritor por ser fiel partidario de la República y azañista convencido este libro ha estado muy en el olvido y sólo gracias al empeño de la editorial Libros El Asteroide se ha podido recuperar un libro que para mí, que ya he leído unas cuantas novelas sobre la Guerra Civil, es quizá el que mejor refleja lo que en España pasó durante aquellos tres años de sangre y fuego.

No hay en “A sangre y fuego” ni rastro de odio por ninguna de las dos partes que se enfrentaron durante tres años en España. No hay bandos porque fue una guerra entre hermanos y compatriotas, todos españoles, que llevados por el odio, la ignorancia, el analfabetismo, el fanatismo y la incultura se mataron entre sí como si no hubiera mañana luchando por ideales que no terminaban de entender y dejándose llevar por unos instintos primarios tristes y lamentables. La melancolía y la impotencia se filtran en cada uno de los once relatos que componen este libro. Chaves Nogales mira a España y sus gentes sin pretensiones y así hace que los relatos los protagonicen españoles de a pie, campesinos, alcaldes, tenderos, obreros, curas, artistas, jóvenes, ancianos, etc. Cada relato muestra la sinrazón de cada uno de los bandos a la hora de llevar a cabo asesinatos, confabulaciones, delaciones o ejecuciones sumarias porque sí. No hay medias tintas y el lector no puede más que dejarse llevar por la forma en que Chaves Nogales describe aquellos días en España.

Una cosa muy curiosa y reseñable de “A sangre y fuego” es que según dice el propio autor en el prólogo, todos los relatos que componen el libro están sacados de hechos verídicos que ocurrieron realmente y que Chaves Nogales vivió en primera persona o le fueron relatados por personas que los vivieron como protagonistas de los mismos. Esto da a todos los relatos un aura aún mayor de tristeza y crudeza, ya que si la imaginación de un autor puede dejar que desear y ser todo lo inverosímil que se quiera; la realidad no deja dudas y zanja cualquiera que se pueda crear de un plumazo y sin miramientos. Esta nota inicial hace que el lector, y lo sigo porque me ha pasado, tome una conciencia especial con respecto a lo que está leyendo y no vea los relatos como simples ejercicios imaginativos de un autor asqueado por la realidad de su país, sino como el testimonio de una persona fundamentalmente ideal, cívica y democrática, liberal por principios, que ve con impotencia como España y los españoles se empezaban a autodestruir.

Vuelvo a algo que ya he comentado al principio y es que “A sangre y fuego” no es un libro sobre la Guerra Civil al uso. Quien quiera encontrarse un libro que claramente, aunque intente fingir sucintamente lo contrario, tire por un bando y otro de la contienda, se llevará una muy merecida decepción. Es esa imparcialidad, esa única voluntad ejemplarizante y narrativa de plasmar sobre el papel lo que España estaba sufriendo es lo que más me ha gustado de Chaves Nogales y este magnífico libro de relatos. Y es que es muy complicado encontrar algún libro de ficción o una novela contemporánea que cuente una historia de la Guerra Civil que resulte veraz y verídica y que no opte por mostrar el desangramiento del bando perdedor y vencido, o el orgullo y crueldad de los ganadores tiránicos. Termina cansando leer siempre a escritores más bien republicanos e izquierdistas no siendo objetivos. Chaves Nogales lo es y mucho; y por ser objetivo y plasmar lo que vivió tuvo que exiliarse.

A sangre y fuego” es uno de los mejores libros que han pasado por mis manos recientemente y al acabarlo la sensación no ha sido de querer más (es suficiente con leer los once relatos para que uno se dé cuenta de la ruindad y el odio que se instaló en los corazones y mentes de los españoles entre 1936 y 1939), sino la de  impotencia, una impotencia en diferido por empatizar con Chaves Nogales. Impotencia al leer los actos de unos españoles contra otros por nada, absolutamente nada. Advierto de ante mano de que es muy probable que debido a la inmensa imparcialidad de Chaves Nogales este libro no guste a los que siguen definiéndose con uno u otro bando de aquella guerra aunque la cubra ya el polvo de ochenta años de olvido. Por ello además recomiendo este libro para no solo disfrutar de una prosa sencilla, directa y limpia, sino de unos relatos soberbios sobre un tiempo ya pasado pero que deberíamos intentar no repetir jamás.

Caronte.

miércoles, 31 de mayo de 2017

Lectura crítica: “Tinker Tailor Soldier Spy”

La última vez que empecé a leer una novela de John Le Carré – que no un libro suyo – fue el mismo día que dejaba mi anterior trabajo en Arabia Saudí. Recuerdo que lo comencé en el aeropuerto donde llegué con más de tres horas de adelanto, no por nada en especial, sino porque quería sentirme fuera de Riad lo antes posible después de varios meses de no vivir mi vida sino una ajena que sentía que no me correspondía. Hace apenas dos semanas he vuelto de nuevo a trabajar después de seis meses en paro, y como si de un reflejo espectral se tratara he vuelto a leer un libro de John Le Carré. Quien me conoce un poco, o mejor dicho, quien sabe cuáles son mis gustos literarios, sabrá que Le Carré es sin lugar a dudar mi escritor preferido en lengua inglesa; ese autor al que siempre suelo recurrir, y cuyas novelas siempre me acompañan y ocupan un lugar bastante destacado en mi biblioteca persona. Para más inri hace ya un par de años que decidí leerle en inglés, su idioma, para poder paladear todos y cada uno de los matices de su obra. Y así lo he hecho también esta vez.

No creo que me equivoque mucho, ni que exagere demasiado si califico a “Tinker Tailor Soldier Spy” como la novela más famosa, célebre y quizá conocida de John Le Carré. Quizá el título en inglés no suene demasiado bien es castellano, ya que aquí esta novela de título tan sonoro y extraño se llama “El Topo”, y no porque se haya hecho uno de esos ejemplos de traducción paupérrima a los que nos tenemos que ver abocados en cine y literatura provenientes de otros países, sino porque traducir de manera literal el título en inglés sería un absurdo que rayaría en el ridículo por referirse aquel a un juego de palabras y cancioncilla popular inglesa y que vendría a ser “Calderero Sastre Soldado Espía”. Lo dicho un sinsentido absoluto. Pero Le Carré es Le Carré y sus novelas son extraordinarias desde el mismísimo título.

Aplicando un símil torero, aunque no sea yo muy taurino que se diga, podríamos decir que John Le Carré en “Tinker Tailor Soldier Spy” realiza un faena redonda, bordando cada uno de los tercios de la corrida (libro), y rematando de manera sobrecogedora y limpia que pone en pie a toda la plaza (lectores) con ovación cerrada, dos orejas, rabo, vuelta al ruedo y salida por la puerta grande. En resumidas cuentas: esta novela de Le Carré bien merece todos los elogios recibidos desde que apareció publicada allá por 1974 (nótese que hace ya más de 40 años, ¡casi nada!).

Para resumir un poco cual es el argumento de “Tinker Tailor Soldier Spy” casi mejor recurrir a su título en español: George Smiley, uno de los personajes más importantes y famosos dentro de la literatura inglesa no ya del último siglo sino probablemente de todos los tiempos, es llamado por el Circus (nombre que en la novela recibe el MI6 británico) para que intente desenmascarar al topo – de aquí la traducción del título al español que aunque pueda destripar un poco el contenido y quitarle mucha gracia al juego de palabras es bastante más entendible en lengua castellana – que desde hace tiempo varios mandos importantes del mismo huelen que hay. No hay que olvidar tampoco que el “topo” de esta novela está inspirado en el personaje real de Kim Philby.  Hasta aquí todo normal y relativamente simple. Pero Le Carré no ha hecho nunca una novela simple, de argumento plano y lineal, y con personajes claramente identificados e identificables desde el principio. La trama principal es la de la caza del topo en el Circus, pero subyace otra a la que Le Carré dio continuidad en otras novelas también protagonizadas por su personaje fetiche, como es la enemistad palpable con Karla (el jefe del servicio de espionaje soviético), y alguna más secundaria que hace que las referencias al pasado sean constantes. Y como en ninguna novela negra o de espías puede faltar el amor carnal y pasional, en esta novela aparece en forma de infidelidad y relación tormentosa de Smiley con su mujer Ann.

No obstante, no es sencillo plasmar el argumento de una novela tan compleja como “Tinker Tailor Soldier Spy” es pocas líneas sin destripar demasiado el argumento. Pero si John Le Carré es uno de esos escritores a los que algún día echaré mucho de menos (el hombre tiene ya 85 años) es porque todas sus novelas, o al menos las que hasta la fecha me he leído, han requerido por mi parte, y supongo que no seré el único, una total concentración durante su lectura. Y no solo concentración sino también repetición de pasajes enteros de la novela y de algún que otro capítulo para terminar de enterarme de quien es quien en cada momento y no terminar por hacerme un lío y no enterarme de nada, cosa que sería un desastre de proporciones bíblicas. En esta novela hay múltiples personajes cuyos nombres no siempre son los de bautismo sino que a veces un mismo personaje aparece con un mote o con un nombre en clave o con su nombre verdadero (por no añadir que algunos apellidos en inglés pueden resultar bastante parecidos). En estos casos lo mejor es tener siempre disponible la Wikipedia al lado para consultar, en su página en inglés, pormenores del reparto de personajes de la novela.

Ya he nombrado antes a George Smiley, pero creo que el protagonista absoluto de “Tinker Tailor Soldier Spy”, y de buena parte de la obra de Le Carré, bien merece un comentario extra. Smiley es uno de esos personajes literarios que un buen amante de la literatura desearía que existiera de verdad para poder conocer a solas tomándose un té, o un whisky, en un rincón de un restaurante o café silencioso donde nadie se mete en los asuntos de nadie y donde se tratan temas y asuntos que es mejor dejar en el limbo de los hechos acontecidos y hablados. En esta novela aparece un Smiley ya veterano, que había sido jubilado por una operación que terminó mal y que dirigió, pero que debe volver a la acción para enfrentarse de nuevo a su mayor enemigo Karla (que no confunda el nombre de mujer). Lacónico, misterioso, con gabardina larga y gris, bebedor, melancólico... George Smiley solo sabe de una lealtad: a su país; y de una manera de hacer las cosas: la correcta. Imperturbable, incorruptible, quizá demasiado idealista en un mundo podrido por el dinero y los falsos mitos. Apesadumbrado por una mujer que le abandona y que le ha sido infiel con numerosos “primos” suyos. Este es George Smiley: toda una joya de la literatura contemporánea.

De John Le Carré podría tirarme hablando mucho tiempo y escribir hojas y hojas; lo mimo podría  hacer de “Tinker Tailor Soldier Spy” pero debo ir acabando por el bien de todos. Quizá esta no sea la mejor novela para empezar con John Le Carré, y sin embargo creo que no hay otra igual para descubrir por la puerta grande no solo al que para mí es el mejor escritor vivo que tiene el Reino Unido y las letras inglesas, sino al que quizá es uno de los personajes más magnéticos y enigmáticos de la literatura.  Amor, pasiones, ideales, mitos, mentiras, oscuridad, dobles identidades, dobles agentes, topos, espías ambiciosos, espías muertos y resucitados al tercer día (ojo a esto), sospechas infundadas, sospechas confirmadas, una persecución épica contrarreloj, espionaje y guerra fría... ¿Qué más se le puede pedir a un libro? Poco más y quien lo haga no es realista con sus peticiones y con su nivel literario. ¡Larga vida a John Le Carré! ¡Larga vida a George Smiley!

Caronte.

miércoles, 17 de mayo de 2017

Lectura crítica: "Falcó"

El azar, la suerte, el destino, la vida... De vez en cuando alguna de estas cosas nos trae sorpresas inesperadas por improbables e impropias y es entonces cuando uno recibe en el cuerpo una especie de descarga emocional equiparable a una eléctrica de miles de voltios que nos recorre el cuerpo y nos hace revivir un poco. Cada persona siente esta descarga con una cosa diferente o con una persona. En mi caso hace unas semanas recibí esta descarga en forma de victoria en un concurso exprés publicado en una red social. Es una tontería comparado con otras posibles descargas emocionales que nos descompongan, pero es que lo que gané fue el último libro de Arturo Pérez-Reverte firmado por el autor (firma impersonal, mecánica) con motivo del pasado Día del Libro (el libro firmado y ganado no llegó hasta varias semanas después). Y para algunos ejemplares de la raza humana como es mi caso, un libro es uno de esos regalos que siempre me hacen mucha ilusión ya que siempre es un misterio recibir un regalo que no sabes si te va a gustar o no hasta que no lo has terminado de leer.

No voy a descubrir a nadie con esta crítica quien es Pérez-Reverte ya que no creo que haya muchas personas en España que no sepan quién es este escritor y académico, otrora reportero de guerra, y gran polemizador (palabra inexistente) de masas. Por esta razón no pretendo hablar de él sino de su cambio de registro y de la creación de un personaje que según sus propias palabras ha llegado a su pluma o máquina de escribir para quedarse durante un tiempo: Lorenzo Falcó. El apellido de este hombre canalla que solo trabaja para sí mismo aunque trabaje para otros da nombre a la novela de la que hoy hablo: “Falcó”.

En “Falcó” el lector se va a encontrar un libro corto, de lectura rápida, personajes claros y concisos, trama bastante sencilla, ambientación leve, y ante todo muy dialogado. Esto que acabo de decir tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. Las buenas son que si alguien quiere empezar a leer a Pérez-Reverte con una novela de lectura ligera que no se le atragante y que nada tenga que ver con el Siglo de Oro español y Alatriste (el gran personaje de Reverte durante toda su obra), esta es su novela. Lo malo es que tengo la impresión de que Pérez-Reverte ha escrito este libro porque quería hacerlo y no porque tuviera la necesidad de hacerlo, que aunque parece lo mismo no lo es, y por ello le ha salido una novela que no termina de estar cuajada del todo para mi gusto, habiendo leído ya varias de sus obras anteriores.

En esta ocasión Reverte plantea en “Falcó” la historia de un hombre, una especie de mercenario, que presta sus servicios al mejor postor y protector, que sólo mira por sí mismo y que aparentemente no tiene ni moral ni prejuicios contra nada ni nadie. La trama gira en torno al intento de liberación de la cárcel de Alicante de José Antonio Primo de Rivera, líder de Falange durante la Guerra Civil. La misión se le encomienda a Falcó que debe llegarse hasta Cartagena (zona Roja o Republicana) y ponerse en contacto con miembros de la falange en la clandestinidad para llevar a cabo la misión. Esta es la trama tan sencilla con eso. No hay mucho más. Y digo que no hay mucho más porque quien lea esta novela se dará cuenta de que parece que no es más que una especie de preámbulo a algo más serio y real que está por venir pero que todavía no ha llegado.

Falcó” es o pretende ser una serie de libros al estilo de los del Capitán Alatriste. Está difícil la cosa, y no es que a mí me apasionen las aventuras del militar de los tercios españoles, pero el carisma y el cariño que tienen los lectores hacia Alatriste va a ser difícil que lo sientan por Falcó. Y es que Lorenzo Falcó es un ser que a ratos uno aprecia y con el que uno llega a reírse, pero que en otras ocasiones muestra su lado más canalla y falto de cualquier tipo de valor humano: mujeriego, pendenciero, socarrón, amoral, apolítico, quizá machista... Hay quien ha tachado al protagonista de este libro como un ser sin moral ni ética; a mí no me lo parece. Más bien todo lo contrario: Falcó tiene moral y ética, pero en un universo paralelo donde lo que en el mundo real sería despreciable allí no es más que una muesca más en la culata de la vida. Lo que a Lorenzo Falcó le parece bien y normal al resto de los mortales nos debería parecer mal y despreciable, o si no tenemos un problema importante.

Durante todo el tiempo que uno pasa leyendo “Falcó” tiene la impresión de que la novela no es más que el acto de presentación del personaje en sí, ya que es él y solo él el centro de atención de la narración: sus formas y maneras de trabajar, su forma de vestir, sus gustos, su estilo, su forma de hablar, retazos de un pasado turbulento y oscuro, etc. Pérez-Reverte no ha creado una novela normal y corriente, bien construida con trama y personajes bien ambientados, sino una especie de tarjeta de presentación de su nueva creación literaria. No lo estoy criticando que conste, pero creo que se podría haber sido un poco más ambicioso a la hora de presentar al gran público un personaje con visos de seguir presente en unos cuantos libros más. La trama es secundaria y muchos de sus personajes también, salvo dos: el Almirante, que es el jefe de Falcó y una mujer que aunque parece desaparecer al final del libro creo que va a tener también continuación como elemento turbador y debilitador del pétreo e imperturbable Lorenzo Falcó. Son estos dos personajes secundarios en cierto modo los que más me han gustado, incluso más que Falco que llega a ser un poco cargante.

Como dije al principio no quería con este artículo descubrir a nadie a Pérez-Reverte ya que se basta él solito ya sea con sus libros como con sus polémicas para hacerse famoso. Únicamente he de añadir que “Falcó” es una novela lo suficientemente entretenida como para ocupar dos o tres tardes de lectura, no más, ya que debido a los rápidos diálogos y a las transiciones de película en las que se cambia de escenario, la novelase lee muy rápidamente y sin ninguna complicación en cuanto a estilo y léxico. No puedo decir que es un buen aterrizaje en el mundo literario de Pérez-Reverte ya que esta novela no representa ni de lejos su obra anterior, pero es un buen comienzo con un autor de indudable categoría que o gusta a rabiar o es de los que terminan por ser odiados por lectores incapaces de leer más de cien páginas de ninguno de sus libros. Por todo esto, lo dicho, quien se anime con el libro descubrirá a un personaje que quizá deje en el futuro, porque no en este libro y aventura, huella.

Caronte.

martes, 9 de mayo de 2017

Lectura crítica: “Tenemos que hablar de Kevin”

Cuando hace apenas una semana me acerqué hasta mi librería de segunda mano de cabecera tenía la intención y el propósito de empezar a leer algo de Javier Cercas. De hecho llegué a tener en mis manos el libro que quería comprarme de este autor español, y que ya había localizado en una visita anterior a dicha librería. Sin embargo, así como muchas veces el amor surge de un encontronazo al abrir la puerta del portal de tu casa con esa vecina por la que siempre has sentido esas estúpidas mariposas en el estómago, la atracción por un libro puede surgir de la nada, simplemente con un chispazo. Esto fue lo que pasó. Me vi en la librería de siempre, imbuido en ese aroma tan especial que desprende un libro usado, con dos libros, uno en cada mano, sin saber por cuál decidirme. En estos casos lo mejor es que decida el más parcial de los árbitros posibles en una librería: el propio librero. Sin dudarlo me recomendó el que acabo de terminar de leer, haciendo que postergara el descubrimiento de Cercas para otra ocasión. ¡Bendito librero!

Lo que ese bendito librero no me dijo, ni me avisó, fue que el libro que estaba comprando era sumamente adictivo e hipnótico, hasta puntos quizá paranoicos y esquizofrénicos. “Tenemos que hablar de Kevin” es sin lugar a dudas el mejor libro que me he leído en lo que va de año. Es también el libro que más me ha costado leer y al mismo tiempo el que más quería seguir leyendo para saber todo lo que hay que saber de esta historia. Lionel Shriver, la autora de la novela, creó en 2003 una de esas obras que sin grandes pretensiones, sin ese orgullo de grandes autores y grandes novelas que luego se desinflan como la rueda pinchada de una bicicleta, logra lo que muchas no llegan ni tan siquiera a vislumbrar: mantener al lector sumamente interesado en la trama de principio a final, y sobre todo llegarle a lo más profundo.

No destripo la novela a nadie si digo que “Tenemos que hablar de Kevin” trata el tema (bastante tabú en una sociedad colmada hasta la saciedad de tópicos típicos y normal que hay que seguir para ser “normal”) de aquellas mujeres que se sienten infelices al ser madres. El propio título del libro deja entrever de qué va también: hay una madre, Eva, que hace las veces de narradora de la historia a través de una serie de cartas enviadas a su ex marido, Franklin, en las que va desgranando como si fuera una granada sus vida conyugal de pareja primero y familiar después con el nacimiento de Kevin. Kevin... Ese protagonista total y absoluto de este libro. Ese niño llorón, tristón, quieto, raro, extraño, que no quiere a su madre, indiferente a todo y todos, sin sentimiento alguno, sin pensamientos y por así decir casi sin voluntad. Ese bebé, primero, niño, después y por último adolescente que termina sobrecogiendo al lector.

De “Tenemos que hablar de Kevin” se puede contar el argumento de manera somera y cómo empieza la historia. No se destripa nada si también se dice que con 16 años Kevin provoca una matanza en su instituto llevándose la vida de varios de sus compañeros. Pero no se puede, no puedo ni debo ni quiero, decir nada más. Bueno, puedo decir una única cosa más: la historia que las poco más de seiscientas páginas de esta novela va dejando a la luz en esas cartas escritas por Eva a su marido Franklin es simplemente brutal. Brutal de manera literal pero también metafórica. No creo que haya mejor adjetivo para describir este libro, esta historia, que va subiendo en intensidad hasta explotar en una penúltima carta (que hacen las veces de capítulos) que deja sin aliento al lector, además de arrancarle el alma, arrojarla a los pies y pisotearla.

Al principio dije que pocas novelas me han hecho sentir lo que “Tenemos que hablar de Kevin” ha conseguido. Añado aquí que muy pocas han logrado hacerme experimentar tantos, tan variados y tan opuestos sentimientos a medida que iba leyendo. Lionel Shriver de manera sutil pero eficiente mete al lector prácticamente en situación en la trama de la novela y le engancha con un estilo claro, conciso, sin ambages, sin florituras y sin pretensión alguna: deja que la historia vaya fluyendo de manera natural haciendo que sea el lector quien vaya sintiendo lo que considere por cada uno de los personajes protagonistas de esta tremenda historia, que no es más que la historia de una realidad macabra norteamericana: la de las matanzas escolares.

Y “Tenemos que hablar de Kevin” es dura, muy dura, quizá más de la cuenta, pero es real, o al menos realista. Todos nos hemos estremecido, bastante más a menudo de lo que sería normal, con las noticias de masacres en escuelas e institutos americanos. Pero no es lo mismo verlo durante diez minutos un día en un telediario, que leer sobre ello durante varios días varias horas. Por eso esta novela es tan dura, y cruel, y cruda, y salvajemente adictiva (siempre hay un punto morboso en leer sobre este tipo de cosas). Por no decir que también es bastante explícita, sobre todo en el penúltimo capítulo, que es sobrecogedor. Nada destaca por encima de nada en este libro. Esta novela es todo un conjunto que brilla por su manera de narrar de manera novelada una triste y dolorosa realidad.

Es difícil plasmar en papel y en palabras los sentimientos que a los largo de estos días he sentido al leer “Tenemos que hablar de Kevin”. Cada personaje es un mundo: Eva, la madre infeliz por serlo que se da de bruces con una realidad que había idealizado, la de la maternidad, es una mujer atormentada que se culpa constantemente de la acción de su hijo y busca respuestas donde quizá no las haya, sin darse cuenta de que el mal hay ocasiones que viene de manera innata en un bebé; Franklin es ese padre prototipo americano que una vez tiene un hijo, encima varón, se vuelca con él de manera idólatra sin afearle nada, buscando justificaciones a acciones que no las tienen y ante todo no viendo una realidad cegadora que por esa misma característica queda oculta; luego está Celia, la hermana menor de Kevin, a la que saca ocho años, una adorable niñita que ama a su hermano mayor como solo las hermanas pequeñas pueden hacer son sus mayores, a la que se la coge cariño casi sin querer; y por último está Kevin... No creo que pueda ser objetivo a la hora de hablar del protagonista de esta novela, porque sentimientos de odio, rechazo, asco, etc., nunca son buena señal aunque se hable de una ficción; sin embargo en esta novela se sienten y además con mucha intensidad.

Tengo la impresión que por mucho que intentara plasmar en esta crítica lo que “Tenemos que hablar de Kevin” ha supuesto para mí como lector, no lograría realmente transmitir todo lo que esta novela me ha hecho sentir y experimentar: pena, odio, condescendencia, impotencia, asco, ternura, tristeza... Hay novelas que te marcan durante un tiempo, el justo que hay entre un libro y otro, hay otras que por las que se pasa sin pena ni gloria, y luego están novelas como esta, que tengo la sensación que voy a recordar durante mucho tiempo. El único problema o pega que le pongo a este libro es que ahora no sé cual leer sin que me decepcione y por tanto lo desvirtúe. Quien quiera aceptar mi consejo y recomendación de leer sin falta esta novela encontrará un libro duro, muy duro, brutalmente duro quizá, pero que se lee bien y fácilmente, y que engancha hipnóticamente de principio a fin...por desgracia.

Caronte.

jueves, 4 de mayo de 2017

Lectura crítica: "Todas las familias felices"

Cuando el día del libro de este año fui hasta la Plaza del Dos de Mayo a mi librería de segunda mano de cabecera tenía claro que quería comprar un libro de algún lector todavía desconocido para mí y del que no tuviera ningún ejemplar en mi biblioteca particular. Otra de las cosas que también tenía claras en esa mañana de abril radiante en Madrid era que si podía ser ese nuevo descubrimiento debería ser en español, ya fuera un escritor español o iberoamericano, que escribiera en la lengua de Cervantes cuya muerte se celebraba ese día en España con la fiesta de los libros. El escritor que terminó ampliando mi biblioteca con uno de sus libros fue Carlos Fuentes: uno de los escritores más importantes de lo que en su día se llamó el Boom Latinoamericano de las Letras, club formado entre otros por García Márquez, Julio Cortázar o Vargas Llosa. Hacía tiempo ya que me rondaba la cabeza el nombre de Fuentes pero no me terminaba de decidir a leer ninguno de sus libros; sin embargo el Día del Libro de este año terminó esta indecisión.

Lo que no supe hasta que me puse a leer “Todas las familias felices”, que fue el libro que opté por comprar de segunda mano aquella no tan lejana mañana del Día del Libro, es que había comprado no una novela sino un libro de relatos. Es posible que esto suene raro, ya que se supone que uno cuando compra un libro sabe qué libro está comprando, pero a mí no me pasó, porque leyendo la sinopsis, plagada de diferentes historias y personajes, pensé que el libro sería una novela coral sobre la sociedad mexicana, y no un conjunto de relatos o cuentos que en el fondo no constituyen más que un relato coral pero independiente en sus partes de la misma sociedad mexicana de la que quería leer algo. Luego la sorpresa al final no fue tan sorprendente y tras leer el libro tengo la sensación de no haber podido elegir mejor el primer libro de Carlos Fuentes que leer.

Todas las familias felices” como acabo de decir es un libro de cuentos o relatos, 16 concretamente, pero además entre relato y relato se intercalan otras 16 prosas poéticas. Sin entrar a relatar por encima ninguno de los relatos, ni aquellos que más me hayan gustado ni los que menos me han llegado o transmitido, sí quiero dejar claro que como el propio nombre del libro indica, todos los relatos o prosas poéticas aquí reunidos guardan un elemento en común: la familia. En todos los relatos se habla de familias, de diversos tipos de familias con sus diversos tipos de problemas, pasados, presentes y futuros. En todos los relatos México y la sociedad mexicana forman también una parte muy importante, básicamente como contexto en el que se desarrollan las vidas de los diferentes protagonistas de los relatos. Así, con México como escenario, Carlos Fuentes, a través de estos cuentos narra, excusándose en la ficción, la realidad de la sociedad mexicana contemporánea, ya que los cuentos están ambientados en el México más actual (el libro es de 2006).

Como en todo libro de relatos, en “Todas las familias felices” Carlos Fuentes se centra en una temática muy concreta, como he dicho, y en este caso es la familia, los diversos tipos de familias y las relaciones que se pueden dar en ellas, en su seno y de vistas hacia el resto de la sociedad. Así, a lo largo de los 16 relatos se pueden encontrar algunos cuyos protagonistas son un matrimonio gay de larga duración que se ve asaltado en las postrimerías de la vida por la lujuria de la carne joven; otros en los que las relaciones padres hijos son las imperantes, con sus aristas cortantes y sus claroscuros constantes; y otros en los que el amor o el odio, caras de la misma moneda a fin de cuentas, son los protagonistas y socavan las relaciones personales entre los miembros de las familias.

Sin embargo “Todas las familias felices” es más un retrato de la sociedad mexicana, o creo que debe ser así, que de los diferentes tipos de familias que se pueden dar a lo largo y ancho del mundo dando igual el país, la religión o la cultura. En los diferentes relatos que Carlos Fuentes reunió en este libro, ya que por desgracia y por leyes de la naturaleza es maestro mexicano de las letras nos dejó en 2012, se muestra a veces con verdadera crudeza la realidad de México, un país que, por herencia española y cultura que hunde sus raíces en la imposición centenaria de la fe cristiano-católica, sigue teniendo muy en cuenta el qué dirán y las apariencias, que se muestra escéptico, supersticioso y ante todo criticón. Digo esto no como crítica, o como modo de menospreciar a la cultura mexicana, sino como muestra de la realidad que es y que Carlos Fuentes plasma con su maravilloso estilo, limpio y claro, en los diferentes relatos.

Debo además aquí hablar no solo de los relatos o cuentos que forman parte de “Todas las familias felices”, sino también de las prosas poéticas. He aquí un elemento que jamás había leído en un libro. Al principio he de confesar que me resultaron tediosas de leer, no las entendía y además no lograba conectar con su belleza innata a la vez que oculta y disimulada. Sin embargo, para mi propia sorpresa, a medida que me iba leyendo el libro y pasaba por cada una de esas 16 prosas poéticas, que al principio juzgué falazmente como poesías, fui percatándome de la profundidad que esas frases, muchas veces inconexas, sin signos de puntuación a veces, y sin rima alguna, transmitían. Esas prosas poéticas, quizá más incluso que los relatos, muestran el México más ruin, seco, crudo, cruel y sangriento: ese México herido de muerte por la miseria que conlleva violencia que implica muerte. Hay algunas de esas prosas poéticas que realmente son demoledoras por la historia que dejan entrever.

Ya lo dije al principio y lo reitero ahora al concluir esta crítica, “Todas las familias felices” no solo ha sido el primer libro de Carlos Fuentes que cae en mis manos y me leo, sino que además ha sido un magnífico descubrimiento que me ha abierto las puertas de la literatura mexicana quizá con su mejor y más importante representante. Todos y cada uno de los relatos de este libro enganchan y conectan con el lector que muy probablemente puede llegar a verse reflejado en alguno de ellos o ver en alguno de los personajes a algún conocido. Tengo la impresión de que no elegí nada mal qué libro de Fuentes empezar a leer aunque fuera casi una especie de error (¡ojalá todos los errores sean así a la hora de leer!). El estilo simple, sincero y directo de su prosa, así como las diferentes historias y el mosaico caleidoscópico que se muestra de México en sus páginas, hacen de este libro un muy buen empiece o toma de contacto con la obra de Carlos Fuentes. Así que no me queda más que recomendar a todo aquel que quiera profundizar un poco más en la narrativa latinoamericana que se atreva con Fuentes, porque a mí no me ha decepcionado.

Caronte.

viernes, 28 de abril de 2017

Lectura crítica: "El hereje"

Desde segundo de bachillerato, ya en la prehistoria de mi vida casi, no he vuelto a leer nada de uno de los grandes de las letras castellanas, Miguel Delibes. Si en aquella ocasión, cuando contaba con apenas 17-18 años y no era más que un aprendiz de lector, me acerqué a la obra de quizá el más ilustre de los vallisoletanos del último siglo por obligación (“Cinco horas con Mario” entraba para Selectividad como una de las posibles lecturas sobre las que podíamos ser preguntados los candidatos a universitarios), esta vez ha sido por propia voluntad. Tenía además que saldar una deuda importante con este gran escritor patrio, candidato al Nobel seguro que muchas veces aunque nunca lo ganara (inmerecidamente según mi entender viendo otros premiados), y por ello cuando vi este ejemplar, en edición del décimo aniversario de la publicación de la que fue su última novela, en una librería de segunda mano, no dudé dos veces, y aunque había otros candidatos para ser comprados, y lo compré para leerlo y así saldar dicha deuda de años sin recaer en la prosa castellana de Delibes.

El hereje” es uno de los grandes libros de Miguel Delibes. Esto no tiene discusión. Antes cuando se estudiaba en el instituto la literatura española del siglo XX, Delibes salía siempre nombrado y los estudiantes nos teníamos que aprender, casi de carrerilla, algunas de sus obras, entre las que estaban siempre esta novela, que por cierto fue la última que escribió en 1998 y que además recibió el Premio Nacional de Narrativa (lo que supuso su segundo galardón de este tipo). Por esta razón, hablar de esta novela es muy complicado, porque implica hablar de un libro que está dentro de la historia de la literatura en castellano y nada de lo que se pueda decir de manera subjetiva (como lo voy a hacer yo) debería llevar a nadie a leerlo o no.

Quizá “El hereje” sea la primera gran novela histórica de la literatura española, y si no la primera, al menos una de las que más poso ha dejado en las siguientes generaciones de escritores. Sin embargo a diferencia de novelas históricas posteriores, surgidas al albur del siglo XXI y que han sido y siguen siendo superventas, esta obra de Delibes es una novela histórica de verdad: sin pretensiones, sin orgullo, sin grandes aspavientos. Con mucha delicadeza, con una prosa muy cuidada, pensada y culta, Delibes retrata la Valladolid del siglo XVI, durante el reinado de Carlos I (Emperador Carlos V) y parte de Felipe II: una época de muchos cambios sociales, en los que el capitalismo empezaba a surgir de entre los restos de la ya destruida Edad Media, donde la globalización empezaba también a dar sus primeros pasos, pero donde aún arraigaban con fuerza las tradiciones castellanas con sus prejuicios, puritanismo, miedos, supersticiones y analfabetismos propios de una España que, en cierto modo, nunca ha dejado de ser una España de pueblos, campo y animales.

Para intentar decir de qué trata “El hereje” es mejor ir por partes. Ya tenemos una época: siglo XVI; pero hay que añadir un contexto tanto nacional como internacional. En 1517 Lutero fijó sus noventa y cinco tesis contra las indulgencias en la puerta de la iglesia de Wittenberg, hecho que desencadenaría el cisma de la Iglesia católica y la Reforma protestante. Ese mismo nacería Cipriano Salcedo, a la postre protagonista de la novela de Delibes. Con una niñez protagonizada por el rechazo de su padre por considerarle el asesino de su mujer muerta durante el parto, Cipriano crece en una Valladolid piadosa que empieza a olerse el cambio social. En su juventud Cipriano se enamora, o cree enamorarse primero de su nodriza, luego de una pueblerina muy fogosa que lo único que desea es ser madre, hecho que no consigue y que la vuelve loca. Mientras tanto Cipriano se convierte en un ávido comerciante de lanas, zamarros y prendas que vende a todos los estratos de la sociedad vallisoletana. Hasta que da con la religión y el cambio reformista luterano.

A diferencia de otras novelas históricas más recientes, “El hereje”, como he dicho antes, no es una novela pretenciosa, sino humilde. Delibes no pretende generar una trama macabra, dura, doliente y angustiosa que ponga al lector de lado claro del protagonista mártir de unos malos muy malos y unas injusticias flagrantes. No. Esta novela es tranquila y no hay malos propiamente dichos. Cipriano Salcedo el protagonista es un gran comerciante, un amante sin amor y desconocedor del mismo, pero ante todo un gran hombre de mundo, de saber, de fe; un hombre de bien que nunca ha pretendido hacer mal a nadie, justo, y sobre todo tolerante que pretende que su sociedad mejore. Pero en la España de Carlos I y Felipe II, los grandes defensores de la fe cristiana apostólica romana, no hay tolerancia que valga, no existen las medias tintas: o se está con unos o con otros; se es creyente o hereje. En este último saco cae Cipriano Salcedo llevado por las corrientes protestantes de la época. Si en esta novela hay algún malo es la intolerancia religiosa y el fanatismo de la fe, encarnados en la Santa Inquisición que quema en la hoguera en acto público a aquellos que no siguen sus normas.

El hereje” es una novela histórica que indaga de verdad en una época concreta de la historia, en unos acontecimientos muy interesantes, dotando a la trama de una belleza narrativa y estética muy elevada que hace que su lectura, aunque no enganche tanto como las superventas actuales, mece al lector durante la misma. Las estampas de los campos castellanos, las descripciones de los usos y costumbres tanto de la ciudad como del campo, las escenas de caza y pastoreo, los detalles de los amaneceres y atardeceres sobre los campos de cereales de la llanura castellana dan a esta novela de manos de Miguel Delibes un aire que va más allá de la simple novela histórica, ya que de hecho desde mi humilde punto de vista, el apelativo histórico solo podría aplicársele durante la última parte del libro (tiene tres más un prólogo extenso), ya que si atendiéramos a las otras dos, bien podría ser esta una novela costumbrista más de tantas que ha dado la literatura española. Pero no es así por la última parte, esa gran última parte en la que todo el contexto histórico y toda la trama terminan por destejerse y mostrarse al lector.

Con lo dicho hasta ahora creo que va siendo hora de terminar. “El hereje” es una novela de contexto histórico claro, en la que más que la trama real que narra, son importantes los diversos personajes que se van relacionando con Cipriano Salcedo, el protagonista, durante todo el desarrollo de la misma. El amor, la tolerancia, la libertad de pensamiento, las costumbres de la burguesía y del campo, la caza, los campos de Castilla, etc., son parte de una historia más que bien hilvanada por Miguel Delibes, y ante todo excelentemente escrita como corresponde a uno de los grandes maestros de la narrativa tradicional española. Quien busque en esta novela delicada y bellísima una trama angustiosa y adictiva no la va a encontrar; en cambio quien prefiera un buen texto, una narración que va llevando al lector con tranquilidad por la Valladolid del siglo XVI y las truculencias de la intolerancia de la Inquisición ante la Reforma Protestante, este es su libro sin lugar a dudas.

Caronte.

miércoles, 19 de abril de 2017

Lectura crítica: "Llámame Brooklyn"

De vez en cuando, sin esperarlo y casi sin buscarlo, uno da con un libro de esos que hacen que merezca la pena leer y leer y leer sin cesar en busca de esos grandes libros que constituyen la literatura con mayúsculas. Sin quererlo ni beberlo hace un par de semanas fui a una librería de segunda mano en busca de algún libro de los autores que más suelo leer. Buscando entre las estanterías repletas de libros di con uno que me llamó la atención primeramente por su físico: era un libro encuadernado en tapa dura pero con una peculiaridad que hizo que mis ojos se fijaran en él de inmediato: el filo de las páginas estaba teñido de azul celeste. Quizá resulte frívolo fijarse en un libro por su aspecto exterior, pero así como pasa con las personas lo primero que nos entra y nos atrae es el físico. Si nadie nunca se va a enamorar de nadie que no considere guapo o atractivo, pasa algo parecido con los libros: la presentación importa. Sin embargo, lo que primero fue un flechazo físico, tras leer este libro el enamoramiento ha sido completo.

Eduardo Lago es el autor de “Llámame Brooklyn”. Escritor y novela bastante desconocidos para el público en general, incluido yo mismo hasta que di con la edición de Malpaso de esta novela, premiada por cierto con el permio Nadal de 2006, el de la Crítica y el Ciudad de Barcelona. Es curioso que una novela de tanto nivel literario y tan premiada, sea al mismo tiempo tan desconocida y no haya sido, ni sea un éxito de ventas. Supongo que este desconocimiento viene dado por la relativa poca fama y obra de su autor: Eduardo Lago ha escrito únicamente dos novelas contando con la que me atañe hoy aquí, y publicado únicamente otros dos libros más de cuentos. Sin embargo esto no hace de Lago un autor menor, ya que su prestigio radica en su actividad docente como catedrático en EE.UU. y su actividad como traductor; además fue director del Instituto Cervantes de Nueva York, ciudad en la que reside desde 1987, impulsando el intercambio cultural y literario entre el mundo de las letras americanas y el hispánico.

Por ser escueto a la hora de explicar un poco el argumento de “Llámame Brooklyn”, solo puedo decir, dada la complejidad argumental de la obra, que la novela va de cómo un periodista, Néstor Oliver-Chapman, tras recibir la noticia de la muerte de su amigo Gal Ackerman, se ve obligado a cumplir con un pacto tácito hecho con él hacía mucho tiempo: rescatar entre los centenares de cuadernos de notas y papeles de Ackerman una novela a medio terminar para darla fin. Partiendo de este, aparentemente sencillo, argumento, Eduardo Lago conforma una historia en la que la amistad y ante todo el amor se van entrecruzando en la vida de los diferentes protagonistas que conforman el variado y variopinto collage que, en definitiva, es esta novela.

No puedo llamar de otra manera a “Llámame Brooklyn” que collage, ya que no es un libro plano y sencillo, cosa que en cierto sentido me esperaba al ver en la fajilla promocional de la edición que compré que había ganado el Nadal, permio que como muchos otros en España, después de caer en la mano de editoriales gigantescas que piensan únicamente en el beneficio económico, ha dejado de lado la calidad literaria. Esta novela es de gran calidad, de elevado nivel literario. No es de lectura sencilla ni fácil, es más quien se quiera sumergir en sus páginas tiene que tener en cuenta que no se va a encontrar con una novela con presentación, nudo y desenlace al uso, sino que todo esto está pero ligeramente distorsionado para conseguir construir un relato lleno de belleza, que engancha al buen lector por esa misma razón: por la hermosura y belleza de su narración.

He dicho que “Llámame Brooklyn” no es un libro de lectura sencilla por el simple hecho de que se van entremezclando personajes, voces narradoras, historias presentes y pasadas casi sin transición. Pero no solo esto, sino que además, con una maestría que llevaba tiempo sin ver en ningún autor o libro, se entremezclan ficciones dentro de la propia ficción, ya que el protagonistas de la novela Gal Ackerman, un hombre lleno de literatura y letras, escribe sobre todo y saca cuentos de cualquier escena real cotidiana. Esta incorporación de cuentos dentro de la historia principal y de la ficción real hace que esta novela sea mucho más que una simple historia y se convierta en varias historias al mismo tiempo.

Los personajes de “Llámame Brooklyn” son como buenos diamantes: tienen muchas facetas, y no siempre generan al lector los mismo sentimientos y sensaciones. Así Ackerman se puede mostrar tierno y enamoradizo cuando habla de Nadia Orlov, la muchacha de la que se enamora perdidamente y de la que nunca dejará de estar enamorado aunque no pueda estar con ella, pero también cínico, arisco, borde y hasta prepotente cuando son otros los temas que comparte con sus amigos del Oakland, un bar en la zona de los muelles de Brooklyn donde se dan cita desheredados del mar y la tierra, personas con almas perdidas, oscura o al menos neblinosas. Luego tenemos a Néstor, el amigo del escritor Ackerman, encargado de bucear en su vida más íntima y personal para terminar una novela inacabada y presentársela a la tumba de Ackerman. Néstor es una persona apasionada de su trabajo, compasiva, que sabe escuchar y a la que le gusta hacerlo; escuchaba incesantemente a Ackerman mientras le conoció, pero cuando tuvo que meterse en su vida apareció la desesperación, el miedo al fracaso y las verdaderas aristas de la vida.

No quiero dejar de mencionar el propio título de “Llámame Brooklyn”. El nombre de uno de los barrios más famosos de Nueva York, allí donde numerosos artistas se han dado cita siempre a lo largo de la historia de la ciudad de los rascacielos, no aparece en el título de la novela porque esta se desarrolle en él, sino por un personaje que aparece al final de la historia que cambia radicalmente la percepción de la misma. Por ello esta novela además de un collage, puede entenderse también como un caleidoscopio de múltiples formas, colores y figuras, que cambian constantemente al pasar las páginas haciendo que el lector nunca esté leyendo la misma historia sino múltiples puntos de vista que siempre se enmarcan en los mismos paisajes mirados con ojos diferentes según el personajes que tome la palabra.

Pero hay más, porque Eduardo Lago, que lleva treinta años viviendo en la Gran Manzana, en la ciudad de ciudades, la eterna ciudad del futuro, plasma en “Llámame Brooklyn” probablemente las más bellas escenas e imágines de Nueva York: ni tan siquiera Paul Auster, a quien tanto aprecio tengo, ha logrado plasmar como lo ha hecho Lago la vida, el alma y el espíritu de la Nueva York más íntima y personal, la más incierta y desconocida, la más oscura y canalla. Nueva York y más concretamente el barrio de Brooklyn no son simplemente el escenario donde se desarrolla la novela, sino un personaje más de la misma que acompaña a los diversos hombres y mujeres que conforman este precioso relato, en el tiempo presente y el pasado de la narración, inspirándoles miedo, amor, tristeza, desesperación, melancolía, alegría, pasión...

No puedo añadir más de “Llámame Brooklyn”, una novela que me ha llegado a lo más profundo de mi ser, que me ha acompañado durante varios días de lectura, haciendo que sus personajes fueran viejos conocidos míos a los que llevaba sin ver largo tiempo, haciéndome viajar a ese Nueva York puro e intimista en el que cabe la soledad con toda su intensidad. La crítica ya se rindió a esta magnífica obra literaria, obra de arte, de Eduardo Lago; solo falta que lo haga también el público y que descubra una de las mejores historias que se han escrito en España en las últimas décadas y deje de estar en la penumbra en la que creo que está (por no mencionar la magnífica y cuidada edición que ha hecho Malpaso que me dejó prendado desde el momento que vi el ejemplar en la librería de segunda mano donde lo compré). Solo me queda recomendar encarecidamente la lectura de este libro que creo que no puede dejar indiferente a nadie, cosa que es de agradecer entre tanta morralla sin sentimiento ni pasión que se escribe últimamente.


Caronte.

lunes, 10 de abril de 2017

Lectura crítica: "Un espía en la trinchera"

Vuelvo a escribir en el blog después de muchas semanas en las que he estado enfrascado en la escritura de una nueva novela que irá directamente al cajón. Esto no quiere decir que yo haya dejado de leer durante todo este tiempo. Ni mucho menos. Simplemente no he tenido tiempo de escribir tanto como me hubiera gustado y las jornadas de escritura de la novela me han cansado mucho y dejado el cerebro seco de ideas y escaso en palabras. Ya tenía ganas de volver a hacer una reseña literaria. Vuelvo fuerte reseñando un premio literario, cosa que no suelo hacer puesto que los premios literarios, salvo unos pocos (dos o tres en España y otras tantos extranjeros), no me suelen atraer demasiado ya que siempre me decepcionan bastante. Hoy me toca hablar de un libro que no es una novela sino un ensayo/biografía, y que de hecho ha sido merecedor del XXIX Premio Comillas, que se publicó hace escasamente un mes y que mis padres tuvieron a bien regalarme para mi cumpleaños hace una semana más o menos.

Hace un par de años, en 2015, por mi cumpleaños también recibí como regalo un libro parecido. En aquel entonces en autor era un periodista inglés y el título del libro era “Un espía entre amigos”; en esta ocasión el autor es también periodista pero español y el título del libro tiene bastantes semejanzas siendo en este caso “Un espía en la trinchera”. Hay más semejanzas ya que ambos libros, ambos ensayos, versan sobre la misma figura, el mismo personaje: probablemente el espía más importante de la historia o al menos del siglo XX: Kim Philby. A mucha gente este nombre no le sonará y quizá nunca lo haya escuchado, pero es uno de los personajes más misteriosos, enigmáticos y atractivos (desde el punto de vista literario o novelesco) que hayan existido. Desde luego a mí desde que lo conociera gracias a una novela de John Banville “El intocable” que me llevó a indagar sobre el llamado Círculo de Cambridge, me ha atraído muchísimo y no hay noticia que salga sobre él, o libro dedicado a su persona, que no me interese.

Es cierto que “Un espía en la trinchera” bien podría ser el título de una novela de espionaje a la vieja usanza: oscura, con ambientes tórridos llenos de humo, personajes del hampa o de altas clases sociales enturbiados por dobles vidas, clubes privados, gabardinas y sombreros de fieltro. Sin embargo el título esconde la historia de Kim Philby durante la Guerra Civil española. Lo primero que debo decir es quién fue Philby, aunque sea por encima. Educado en los mejores colegios ingleses, y formado en la universidad de Cambridge, Philby siempre fue un comunista convencido desencantado con el laborismo inglés, que vio en la URSS esa patria idílica a la que servir y extender por todo el globo. Por esta razón muy pronto se dejó ver por ambientes comunistas y a relacionarse con personajes ligeramente turbios, hasta que fue reclutado como espía soviético en primer lugar para infiltrarse en los círculos de poder inglés, pero también estallada la Guerra Civil Española para ser enviado al frente para obtener información valiosa que pasar a Moscú desde el bando sublevado o Nacional. Es en esta etapa donde pretende incidir Enrique Bocanegra en su libro.

Un espía en la trinchera” abre fuego con un primer capítulo en el que de manera magistral y adictiva Bocanegra narra como Philby, corresponsal del diario inglés The Times, y otros tres corresponsales de prensa son alcanzados por un obús en las inmediaciones de Teruel, a resultas de lo cual queda herido aunque no fallece como sí que les ocurre a los otros tres periodistas. Este hecho resulta crucial para la carrera de Philby ya que le permitirá ser visto con mayor honor entre los mandos del ejército de Franco y condecorado por el mismo general rebelde. Obviamente Philby al ser reclutado por los comunistas y como tapadera debe dejar a un lado, al menos aparentemente, sus filiaciones comunistas para no dar pistas de su verdadera personalidad e ideología.

Tras este primer capítulo memorable, “Un espía en la trinchera” y su autor entran en terreno algo más pantanoso, ya que se va a los orígenes del Kim Philby espía para narrar cómo es reclutado, los primeros pasos titubeantes al servicio de Moscú, las frustraciones personales por creer que no está sirviendo a la causa del comunismo universal, etc. Pasan los capítulos y Enrique Bocanegra, cuya labor de documentación e investigación son dignas de encomio, parece perderse en ramas secundarias de la vida de Philby. Leyendo el libro he tenido la sensación en muchas ocasiones que la búsqueda de información sobre el paso de Kim Philby por España no le estaba dando los suficientes frutos al autor, o al menos lo que él esperaba, y por tanto  ha tenido que recurrir a historias secundarias que sin dejar de ser interesantes se alejan bastante del papel que se supone que jugó el espía inglés al servicio de Moscú durante el conflicto fratricida español.

Lo que en un primer lugar me llevó a querer leerme “Un espía en la trinchera” fue el hecho de que el libro se anunciaba como una indagación profunda en el paso y el papel que Philby jugó en España durante la Guerra Civil. Sin embargo una vez leído, el libro no pasa de ser una especia de digresión sobre la vida de Kim Philby en todo lo concerniente a su trabajo en España, sin recalcar ni incidir realmente en el trabajo como espía, ya que a veces el libro parece ser más bien una especie de diario de viaje por una España en guerra, que una obra extensa de documentación e investigación. Tengo la sensación de que Enrique Bocanegra, con todos mis más humildes respetos, esperaba haber encontrado mucho más de lo que ha encontrado en referencia a Philby y su paso por España y que él mismo quedó decepcionado por apenas encontrar un muy leve rastro que creo que no ha sido suficiente para cerrar un libro que aspiraba a ser una especie de tesis definitiva del trabajo de espionaje de Kim Philby en España.

A pesar de esta ligera decepción con “Un espía en la trinchera”, he de añadir que esto no quiere decir que no me haya gustado, ya que aunque haya sido poco y a veces de manera más superficial de lo deseado, el trabajo periodístico de investigación y documentación realizado por Enrique Bocanegra me ha descubierto algunos datos relevantes de la biografía de uno de los personas que más me atraen de la historia del siglo XX, ese siglo que parece tan lejano en el tiempo pero del que apenas nos separan docena y media de años. Kim Philby, para mí, es y seguirá siendo uno de esos personajes a los que admirar, que antepuso sus convicciones personales (políticas, sociales y culturales) a sus lealtades patrióticas adquiridas por nacimiento, esas que nadie nos pregunta si queremos aceptar, jugándose la vida (ya que la traición en Inglaterra se pagaba con la horca) durante quizá la época más convulsa de la historia la IIGM y la Guerra Fría. Para aquellos que quieran empezar a indagar en la figura de Kim Philby, este puede ser su libro, aunque hay otros, mucho mejores o al menos más interesantes, que ahondan más en este personaje.


Caronte.

domingo, 15 de enero de 2017

Cinco y acción: "La, La, Land"

Después de siete meses lo he vuelto a hacer. Casi lo había olvidado. Casi se habían de borrado de mi mente las rutinas previas o preliminares, las sensaciones, los tópicos, los olores y los ruidos inherentes a esta actividad. ¿Cómo he sido capaz de aguantar tanto tiempo sin volver a hacerlo? No lo sé, simplemente ocurrió. Una serie de catastróficas desdichas han hecho que estuviera siete meses sin probarlo, sin experimentar ese erizamiento del pelo de la coronilla, esa felicidad inmensa que recorre las venas, esa sensación que se apodera del cuerpo durante el tiempo que dure la experiencia. Me juro ahora mismo, y ante todas las personas que lean esto, que por suerte no serán muchas, que no volverán a pasar meses sin hacerlo de nuevo. ¡Uy! Quizá esto esté sonando muy mal. ¿Es posible que alguien haya pensado que estaba hablando de “eso”? Muy probablemente. Necios hablo del cine. Siente meses sin pisar una sala y sentarme en una butaca junto con otras personas delante de una gran pantalla para descubrir el mundo que algún director haya decidido llevar desde su mente a la realidad de Holywood.

Todavía hoy, tras haber dormido toda la noche, soy incapaz de sacarme de la cabeza la melodía del tema principal de “La, La, Land”. Las dos horas y poco más que ayer por la tarde pasé en el cine con mis padres, algo todavía más extraordinario, han sido las mejores que he pasado en el cine en toda mi vida, exceptuando “Los Miserables”, otro musical por cierto, e “Intocable”. Todavía estoy algo en shock por la película, no por nada malo, sino por todo lo contrario. Todavía soy incapaz de asumir el maravilloso rato que pasé ayer tarde en el cine.

La, La, Land” es el musical clásico de Holywood traído al siglo XXI con actores de moda pero no excesivamente famosos o comerciales que hace que el espectador empiece la película con una amplia sonrisa que le puede dejar incluso cara de imbécil o bobo y que durante la misma sienta muy de vez en cuando escalofríos de felicidad y placer que hagan que su piel tome la apariencia de la de un pollo desplumado. Y eso es exactamente lo que sentí ayer desde el primer plano secuencia de la película de algo más de cuatro minutos más o menos en el que la música y el baile inundaron no solo la autopista de Los Ángeles que aparece en pantalla sino también toda la sala de cine, y me atrevería a decir que incluso todos los corazones de los espectadores que ayer asistíamos al cine.

Como no puede ser de otra manera en un musical “La, La, Land” empieza con un soberbio número de cante, baile y música coral en el que los dos protagonistas de la película sin embargo están ausentes. A partir de ese empiece uno podría pensar que la película no puede hacer otra cosa que disminuir su intensidad. Pues no pasa eso. Es cierto que se relaja, pero poco. El argumento de la película se centra en la historia de amor entre Mia, una actriz que no consigue ningún papel y que es rechazada en cuantas audiciones hace, y Sebastian un músico de jazz empeñado en recuperar el alma verdadera de este estilo musical y que sueña también con abrir su propio club. En la ciudad de las estrellas todo puede pasar, aunque parezca inverosímil, y en esta película lo inverosímil no se oculta ni se intenta maquillar de casual, se deja como tal, y eso es lo que me gusta de esta película. Los musicales son así.

El argumento de la película es simple y se acompaña como no puede ser de otra forma con números musicales muy variados y siempre entretenidos que terminan por dibujar una sonrisa en la cara del espectador. Y por ello hay que dar miles de gracias a “La, La, Land”, a su director el prácticamente novel Damien Chazelle, y a sus intérpretes, sobre todo a Ryan Gosling y Emma Stone, que están extraordinarios y que demuestran una vez más que un actor no solo debe saber interpretar papeles desde lo dramático y trágico hasta lo más cómico, sino que deben ser moldeables como la plastilina y poder cantar y bailar si es necesario.

Cualquier cosa que diga sobre “La, La, Land” va a quedarse corto. La película es una delicia y se disfruta desde el primer minuto de metraje. La música es excepcional, tanto que en muchas ocasiones se me iban los pies intentando seguir el ritmo y los compases de los números musicales más animados y espectaculares. No puedo dejar de recordar el empiece de la película. Pero es que el siguiente número musical que acaba en una fiesta de la jet set hollywoodiense no es menor, como tampoco son despreciables los solos. El número de baile con el atardecer desde las colinas de Los Ángeles me puso los pelos de punta. Y es imposible no rendirse ante el magistral, aunque aviso agridulce, final de la película en el que durante siete minutos el espectador queda totalmente prendado de la magia verdadera del cine y en cierto modo acaba, por así decirlo, engañado y desasosegado por como acaba todo. Se me olvidaba: de una delicia y delicadeza exquisitas es el baile surrealista y daliniano que se marcan Stone y Gosling entre las estrellas en el observatorio de Los Ángeles.

Las interpretaciones de Stone y Gosling en “La, La, Land” bien merecerían sendas estatuillas de la Academia de Hollywood, pero no sé si ésta se atreverá a premiar a los actores de un musical en lugar de a actores con interpretaciones dramáticas. Sin duda yo creo que esta película en su conjunto merecería todos los premios que se concedieran, porque sólo ella por sí sola vale por todo el cine que en los últimos años he visto y creo que se ha hecho. Mia y Sebastian encarnan en esta película el amor más sincero y verdadero, también el más amargo a veces, que se puede ver en el cine, y que de hecho he visto; y Stone y Gosling dan piel a estos dos idealistas que solo persiguen un sueño de manera tan penetrante que el espectador queda prendado de ellos dos. Además lo mejor de todo es que no hay nada de empalago o dulzura excesiva de la que pecan historias que sin ser musicales pretenden mostrar este tipo de relación amorosa.

¿Qué más puedo decir de una película, “La, La, Land”, que desde su primer plano me conquistó y me dejó boquiabierto sin posibilidad de reacción? Nada. No puedo añadir nada. Es una película de diez. Es una película con la que el espectador perderá totalmente la noción del tiempo y olvidará todo aquello que le inquiete y preocupe. Y para eso está el cine: para hacernos soñar, para hacernos creer, para divertirnos, para hacernos olvidar, para hacernos reír, para dejarnos felices tras dos horas sentados en una butaca delante de una pantalla. Esto es cine del que casi se había olvidado en Hollywood. Sólo puedo recomendar ir a ver esta película, porque me gustaría que todo el mundo pudiera sentir lo que yo sentí ayer viéndola: escalofríos, alegría, felicidad.


Caronte.

martes, 10 de enero de 2017

Lectura crítica: "Al este del Edén"

Todo libro tiene su historia, no ya para su autor, sino especialmente para el lector que lo ha escogido como su próxima lectura. Cuando fui a mi librería de segunda mano de cabecera no lo hice con la intención de comprar este libro. Si me acerqué la víspera de Nochebuena hasta el corazón de Malasaña fue para comprar el hermano mayor de este libro, y probablemente la novela más importante de su autor John Steinbeck, al que ya había echado el ojo otra tarde. Sin embargo como suele pasar a quienes dejamos escapar los trenes que nos paran en nuestras propias narices, cuando fui a comprar “Las uvas de la ira” ya no estaba donde lo vi. No obstante, tras haberme recuperado de la enorme decepción que recorrió mi cuerpo, me di cuenta de que su lugar lo ocupaba esta otra gran obra de Steinbeck. Esta vez sí que no dudé y directamente me hice con él por si, durante el tiempo que pasara en la librería, alguien le echaba el ojo y era más hábil que yo y se lo ponía debajo del brazo como tesoro desenterrado en una isla desierta en mitad del Mar Caribe.

Es posible que tras haber leído “Al Este del Edén” novela considerada por el propio Steinbeck como su obra cumbre, cuando quiera leer la novela que iba buscando ya no me produzca la misma impresión. Pienso en ello y me pregunto cómo el destino cambia las cartas cuando menos nos lo esperamos y nos hace encontrarnos en nuestro camino con cosas y personas, aunque este no es el caso, que terminan por desterrar de nuestra mente aquello que en principio suponíamos debía de pasar. Pero el deber y el tener nada tienen que ver, y poco tienen en común salvo el pertenecer a la misma familia de verbos acabados en –er.

Al Este del Edén” es un libro trampa. Me explico: parece lo que no es y es lo que no parece. Por un lado viendo un libro tan grande un lector normal, medio, podría llegar a pensar que es un tostón; un libro que puede llegar a hacerse pesado en muchos instantes debido a su grosor, es decir, a su extensión. Y sin embargo no lo es. También podría decirse de esta novela, siempre a primera vista, que al ser una de esas consideradas “obras maestras” luego termina por defraudar. Y sin embargo no pasa, no defrauda en ningún momento. Lo que no parece esta novela es una obra en la que son los personajes y los diálogos que se establecen entre ellos los que la guían dejando la prosa de Steinbeck siempre como algo anecdótico (siento usar esta palabra) que los complementa. Y sin embargo esto es lo que es esta inmensa novela.

La historia que Steinbeck teje de manera magistral como una tela de araña que atrapa al lector y le impide dejar de leer salvo para poder relacionarse con otras personas de su entorno y para poder realizar el resto de funciones vitales en “Al Este del Edén” se fundamenta en dos familias, los Hamiltos y los Trask, desde sus orígenes humildes, hasta su establecimiento en el Valle de Salinas en California. En sus casi 700 páginas la novela cubre el periodo entre guerras: contra los indios nativos americanos y la IGM. En todos esos años el lector es testigo de las venturas y desventuras, dicha y penuria, de ambas familias. Sin embargo, y a pesar de que son estas dos familias las que el lector seguirá en su periplo vital, son los Trask con los que más relación tendrán, pasando a ser los Hamilton una especie de testigos mudos de la vida de los primeros.

Pese a muchas críticas e interpretaciones que he leído después de haber acabado “Al Este del Edén” que consideran a uno u otro personaje como principal en la novela, y pese a que la película homónima y protagonizada por el maldito e idolatrado James Dean se centra en uno de esos personajes, no creo que en esta novela tan compleja se pueda estar hablando de personajes principales o secundarios. Es una obra coral en la que cada miembro de alguna de las dos familias protagonistas tiene que aportar a la trama y al ambiente que genera la novela en el lector. Es más son quizá aquellos personajes que los críticos más aclamados tachan de secundarios los que para mí tienen papeles más importantes en el libro.

No. “Al Este del Edén” no tiene un protagonista claro para mí. Sí es cierto, como he dicho antes, que la familia Trask tiene un peso especial empezando por Adam Track, por así decirlo el núcleo de esta rama de la trama, y sus hijos Aron y Caleb, o mejor dicho Cal. Pero alrededor de esta familia también aparecen el hermano de Adam, Charles, Cate o Katy, Lee y otros muchos personajes que sin apellidarse Trask forman parte de su trasfondo. Pasa lo mismo con los Hamilton empezando por Samuel y su mujer Liza, que viven en un rancho muerto y seco donde crían felices a sus innumerables hijos y que terminan entrelazándose con los Trask de manera a la vez sombría y tierna. Y a pesar de que ningún personaje es para mí el principal, también debo decir que todos y cada uno de ellos tiene una parte clave en la novela. Todos tienen su propia trama que como partes de esa tela de araña que tejió Steinbeck terminan por atrapar al lector.

Este reparto coral hace de “Al Este del Edén” una novela inolvidable en cuanto a personajes. Todos aportan algo; todos tienen sus páginas de gloria, ¡y qué páginas algunas!; todos van a quedar de alguna manera u otra marcados en el recuerdo de los lectores. Pero como en todo, también aquí hay preferencias. Las mías se centrar en dos personajes, Lee el criado, mentor, filósofo, niñera, consejero de la familia Trask, y Sam Hamilton, ese encorajinado inventor de gran corazón y mente inquieta que marcará las vidas de varios de los personajes de la novela, y también la del lector. Para mí son estos dos personajes los que terminan por definir realmente la magna obra que John Steinbeck culmina con este libro. Son estos dos personajes, que además se cogen un cariño más que sincero, los que vertebran la filosofía de esta novela; y son sus conversaciones, entre ellos y con los demás personajes, los que en varias ocasiones me han dejado mudo literalmente hablando. No puedo más que rendirme ante la perfección de Steinbeck en estos diálogos, y en definitiva en todos los que jalonan la novela, ya que sin exagerar más de tres cuartos de la novela son diálogos.

No he hablado de la trama pero es que una novela como “Al Este del Edén” no necesita que se hable de la trama, cualquiera puede buscarla en internet. Además creo que no sería capaz de expresar con palabras exactas y precisas lo que esta novela ha llegado a representar para mí durante su lectura. Amor, odio, pasión, culpa, pena, tristeza, ambición, maldad, bondad, justicia, el peso del pasado... No podría ser nunca justo con esta novela intentando describir su trama. Porque además así como para mí no hay un personaje principal, tampoco hay una única trama. Vale, sí hay una que sobrepasa al resto y es la especie de maldición que persigue a los Trask durante toda la novela, pero al no tener un personaje claro sobre el que recaiga el peso de la trama no puedo considerar que exista una sola.

Y aquí, al final, es donde debería recomendar o no la lectura de “Al Este del Edén”. De hecho nunca recomiendo que no se lea una novela, ya que cada lector es diferente y lo que a mí me puede parecer brillante a otro simplemente opaco. Esta novela hay que querer leerla porque así se disfrutará más, y al mismo tiempo quien la empiece quedará inevitablemente atrapado no ya por la historia en sí y sus personajes a medida que los vaya conociendo, sino también por la grandiosa habilidad de Steinbeck al evocar paisajes y ambientes de manera tan sutil y a la vez tan perfecta.


Caronte.