domingo, 15 de enero de 2017

Cinco y acción: "La, La, Land"

Después de siete meses lo he vuelto a hacer. Casi lo había olvidado. Casi se habían de borrado de mi mente las rutinas previas o preliminares, las sensaciones, los tópicos, los olores y los ruidos inherentes a esta actividad. ¿Cómo he sido capaz de aguantar tanto tiempo sin volver a hacerlo? No lo sé, simplemente ocurrió. Una serie de catastróficas desdichas han hecho que estuviera siete meses sin probarlo, sin experimentar ese erizamiento del pelo de la coronilla, esa felicidad inmensa que recorre las venas, esa sensación que se apodera del cuerpo durante el tiempo que dure la experiencia. Me juro ahora mismo, y ante todas las personas que lean esto, que por suerte no serán muchas, que no volverán a pasar meses sin hacerlo de nuevo. ¡Uy! Quizá esto esté sonando muy mal. ¿Es posible que alguien haya pensado que estaba hablando de “eso”? Muy probablemente. Necios hablo del cine. Siente meses sin pisar una sala y sentarme en una butaca junto con otras personas delante de una gran pantalla para descubrir el mundo que algún director haya decidido llevar desde su mente a la realidad de Holywood.

Todavía hoy, tras haber dormido toda la noche, soy incapaz de sacarme de la cabeza la melodía del tema principal de “La, La, Land”. Las dos horas y poco más que ayer por la tarde pasé en el cine con mis padres, algo todavía más extraordinario, han sido las mejores que he pasado en el cine en toda mi vida, exceptuando “Los Miserables”, otro musical por cierto, e “Intocable”. Todavía estoy algo en shock por la película, no por nada malo, sino por todo lo contrario. Todavía soy incapaz de asumir el maravilloso rato que pasé ayer tarde en el cine.

La, La, Land” es el musical clásico de Holywood traído al siglo XXI con actores de moda pero no excesivamente famosos o comerciales que hace que el espectador empiece la película con una amplia sonrisa que le puede dejar incluso cara de imbécil o bobo y que durante la misma sienta muy de vez en cuando escalofríos de felicidad y placer que hagan que su piel tome la apariencia de la de un pollo desplumado. Y eso es exactamente lo que sentí ayer desde el primer plano secuencia de la película de algo más de cuatro minutos más o menos en el que la música y el baile inundaron no solo la autopista de Los Ángeles que aparece en pantalla sino también toda la sala de cine, y me atrevería a decir que incluso todos los corazones de los espectadores que ayer asistíamos al cine.

Como no puede ser de otra manera en un musical “La, La, Land” empieza con un soberbio número de cante, baile y música coral en el que los dos protagonistas de la película sin embargo están ausentes. A partir de ese empiece uno podría pensar que la película no puede hacer otra cosa que disminuir su intensidad. Pues no pasa eso. Es cierto que se relaja, pero poco. El argumento de la película se centra en la historia de amor entre Mia, una actriz que no consigue ningún papel y que es rechazada en cuantas audiciones hace, y Sebastian un músico de jazz empeñado en recuperar el alma verdadera de este estilo musical y que sueña también con abrir su propio club. En la ciudad de las estrellas todo puede pasar, aunque parezca inverosímil, y en esta película lo inverosímil no se oculta ni se intenta maquillar de casual, se deja como tal, y eso es lo que me gusta de esta película. Los musicales son así.

El argumento de la película es simple y se acompaña como no puede ser de otra forma con números musicales muy variados y siempre entretenidos que terminan por dibujar una sonrisa en la cara del espectador. Y por ello hay que dar miles de gracias a “La, La, Land”, a su director el prácticamente novel Damien Chazelle, y a sus intérpretes, sobre todo a Ryan Gosling y Emma Stone, que están extraordinarios y que demuestran una vez más que un actor no solo debe saber interpretar papeles desde lo dramático y trágico hasta lo más cómico, sino que deben ser moldeables como la plastilina y poder cantar y bailar si es necesario.

Cualquier cosa que diga sobre “La, La, Land” va a quedarse corto. La película es una delicia y se disfruta desde el primer minuto de metraje. La música es excepcional, tanto que en muchas ocasiones se me iban los pies intentando seguir el ritmo y los compases de los números musicales más animados y espectaculares. No puedo dejar de recordar el empiece de la película. Pero es que el siguiente número musical que acaba en una fiesta de la jet set hollywoodiense no es menor, como tampoco son despreciables los solos. El número de baile con el atardecer desde las colinas de Los Ángeles me puso los pelos de punta. Y es imposible no rendirse ante el magistral, aunque aviso agridulce, final de la película en el que durante siete minutos el espectador queda totalmente prendado de la magia verdadera del cine y en cierto modo acaba, por así decirlo, engañado y desasosegado por como acaba todo. Se me olvidaba: de una delicia y delicadeza exquisitas es el baile surrealista y daliniano que se marcan Stone y Gosling entre las estrellas en el observatorio de Los Ángeles.

Las interpretaciones de Stone y Gosling en “La, La, Land” bien merecerían sendas estatuillas de la Academia de Hollywood, pero no sé si ésta se atreverá a premiar a los actores de un musical en lugar de a actores con interpretaciones dramáticas. Sin duda yo creo que esta película en su conjunto merecería todos los premios que se concedieran, porque sólo ella por sí sola vale por todo el cine que en los últimos años he visto y creo que se ha hecho. Mia y Sebastian encarnan en esta película el amor más sincero y verdadero, también el más amargo a veces, que se puede ver en el cine, y que de hecho he visto; y Stone y Gosling dan piel a estos dos idealistas que solo persiguen un sueño de manera tan penetrante que el espectador queda prendado de ellos dos. Además lo mejor de todo es que no hay nada de empalago o dulzura excesiva de la que pecan historias que sin ser musicales pretenden mostrar este tipo de relación amorosa.

¿Qué más puedo decir de una película, “La, La, Land”, que desde su primer plano me conquistó y me dejó boquiabierto sin posibilidad de reacción? Nada. No puedo añadir nada. Es una película de diez. Es una película con la que el espectador perderá totalmente la noción del tiempo y olvidará todo aquello que le inquiete y preocupe. Y para eso está el cine: para hacernos soñar, para hacernos creer, para divertirnos, para hacernos olvidar, para hacernos reír, para dejarnos felices tras dos horas sentados en una butaca delante de una pantalla. Esto es cine del que casi se había olvidado en Hollywood. Sólo puedo recomendar ir a ver esta película, porque me gustaría que todo el mundo pudiera sentir lo que yo sentí ayer viéndola: escalofríos, alegría, felicidad.


Caronte.

martes, 10 de enero de 2017

Lectura crítica: "Al este del Edén"

Todo libro tiene su historia, no ya para su autor, sino especialmente para el lector que lo ha escogido como su próxima lectura. Cuando fui a mi librería de segunda mano de cabecera no lo hice con la intención de comprar este libro. Si me acerqué la víspera de Nochebuena hasta el corazón de Malasaña fue para comprar el hermano mayor de este libro, y probablemente la novela más importante de su autor John Steinbeck, al que ya había echado el ojo otra tarde. Sin embargo como suele pasar a quienes dejamos escapar los trenes que nos paran en nuestras propias narices, cuando fui a comprar “Las uvas de la ira” ya no estaba donde lo vi. No obstante, tras haberme recuperado de la enorme decepción que recorrió mi cuerpo, me di cuenta de que su lugar lo ocupaba esta otra gran obra de Steinbeck. Esta vez sí que no dudé y directamente me hice con él por si, durante el tiempo que pasara en la librería, alguien le echaba el ojo y era más hábil que yo y se lo ponía debajo del brazo como tesoro desenterrado en una isla desierta en mitad del Mar Caribe.

Es posible que tras haber leído “Al Este del Edén” novela considerada por el propio Steinbeck como su obra cumbre, cuando quiera leer la novela que iba buscando ya no me produzca la misma impresión. Pienso en ello y me pregunto cómo el destino cambia las cartas cuando menos nos lo esperamos y nos hace encontrarnos en nuestro camino con cosas y personas, aunque este no es el caso, que terminan por desterrar de nuestra mente aquello que en principio suponíamos debía de pasar. Pero el deber y el tener nada tienen que ver, y poco tienen en común salvo el pertenecer a la misma familia de verbos acabados en –er.

Al Este del Edén” es un libro trampa. Me explico: parece lo que no es y es lo que no parece. Por un lado viendo un libro tan grande un lector normal, medio, podría llegar a pensar que es un tostón; un libro que puede llegar a hacerse pesado en muchos instantes debido a su grosor, es decir, a su extensión. Y sin embargo no lo es. También podría decirse de esta novela, siempre a primera vista, que al ser una de esas consideradas “obras maestras” luego termina por defraudar. Y sin embargo no pasa, no defrauda en ningún momento. Lo que no parece esta novela es una obra en la que son los personajes y los diálogos que se establecen entre ellos los que la guían dejando la prosa de Steinbeck siempre como algo anecdótico (siento usar esta palabra) que los complementa. Y sin embargo esto es lo que es esta inmensa novela.

La historia que Steinbeck teje de manera magistral como una tela de araña que atrapa al lector y le impide dejar de leer salvo para poder relacionarse con otras personas de su entorno y para poder realizar el resto de funciones vitales en “Al Este del Edén” se fundamenta en dos familias, los Hamiltos y los Trask, desde sus orígenes humildes, hasta su establecimiento en el Valle de Salinas en California. En sus casi 700 páginas la novela cubre el periodo entre guerras: contra los indios nativos americanos y la IGM. En todos esos años el lector es testigo de las venturas y desventuras, dicha y penuria, de ambas familias. Sin embargo, y a pesar de que son estas dos familias las que el lector seguirá en su periplo vital, son los Trask con los que más relación tendrán, pasando a ser los Hamilton una especie de testigos mudos de la vida de los primeros.

Pese a muchas críticas e interpretaciones que he leído después de haber acabado “Al Este del Edén” que consideran a uno u otro personaje como principal en la novela, y pese a que la película homónima y protagonizada por el maldito e idolatrado James Dean se centra en uno de esos personajes, no creo que en esta novela tan compleja se pueda estar hablando de personajes principales o secundarios. Es una obra coral en la que cada miembro de alguna de las dos familias protagonistas tiene que aportar a la trama y al ambiente que genera la novela en el lector. Es más son quizá aquellos personajes que los críticos más aclamados tachan de secundarios los que para mí tienen papeles más importantes en el libro.

No. “Al Este del Edén” no tiene un protagonista claro para mí. Sí es cierto, como he dicho antes, que la familia Trask tiene un peso especial empezando por Adam Track, por así decirlo el núcleo de esta rama de la trama, y sus hijos Aron y Caleb, o mejor dicho Cal. Pero alrededor de esta familia también aparecen el hermano de Adam, Charles, Cate o Katy, Lee y otros muchos personajes que sin apellidarse Trask forman parte de su trasfondo. Pasa lo mismo con los Hamilton empezando por Samuel y su mujer Liza, que viven en un rancho muerto y seco donde crían felices a sus innumerables hijos y que terminan entrelazándose con los Trask de manera a la vez sombría y tierna. Y a pesar de que ningún personaje es para mí el principal, también debo decir que todos y cada uno de ellos tiene una parte clave en la novela. Todos tienen su propia trama que como partes de esa tela de araña que tejió Steinbeck terminan por atrapar al lector.

Este reparto coral hace de “Al Este del Edén” una novela inolvidable en cuanto a personajes. Todos aportan algo; todos tienen sus páginas de gloria, ¡y qué páginas algunas!; todos van a quedar de alguna manera u otra marcados en el recuerdo de los lectores. Pero como en todo, también aquí hay preferencias. Las mías se centrar en dos personajes, Lee el criado, mentor, filósofo, niñera, consejero de la familia Trask, y Sam Hamilton, ese encorajinado inventor de gran corazón y mente inquieta que marcará las vidas de varios de los personajes de la novela, y también la del lector. Para mí son estos dos personajes los que terminan por definir realmente la magna obra que John Steinbeck culmina con este libro. Son estos dos personajes, que además se cogen un cariño más que sincero, los que vertebran la filosofía de esta novela; y son sus conversaciones, entre ellos y con los demás personajes, los que en varias ocasiones me han dejado mudo literalmente hablando. No puedo más que rendirme ante la perfección de Steinbeck en estos diálogos, y en definitiva en todos los que jalonan la novela, ya que sin exagerar más de tres cuartos de la novela son diálogos.

No he hablado de la trama pero es que una novela como “Al Este del Edén” no necesita que se hable de la trama, cualquiera puede buscarla en internet. Además creo que no sería capaz de expresar con palabras exactas y precisas lo que esta novela ha llegado a representar para mí durante su lectura. Amor, odio, pasión, culpa, pena, tristeza, ambición, maldad, bondad, justicia, el peso del pasado... No podría ser nunca justo con esta novela intentando describir su trama. Porque además así como para mí no hay un personaje principal, tampoco hay una única trama. Vale, sí hay una que sobrepasa al resto y es la especie de maldición que persigue a los Trask durante toda la novela, pero al no tener un personaje claro sobre el que recaiga el peso de la trama no puedo considerar que exista una sola.

Y aquí, al final, es donde debería recomendar o no la lectura de “Al Este del Edén”. De hecho nunca recomiendo que no se lea una novela, ya que cada lector es diferente y lo que a mí me puede parecer brillante a otro simplemente opaco. Esta novela hay que querer leerla porque así se disfrutará más, y al mismo tiempo quien la empiece quedará inevitablemente atrapado no ya por la historia en sí y sus personajes a medida que los vaya conociendo, sino también por la grandiosa habilidad de Steinbeck al evocar paisajes y ambientes de manera tan sutil y a la vez tan perfecta.


Caronte.

jueves, 29 de diciembre de 2016

Lectura crítica: "Patria"

Hace apenas cuatro días que un señor entrado en carnes y años, ataviado de rojo, a bordo de un trineo tirado por una manada entera de renos y surcando el cielo de oriente a occidente dejó debajo de mi árbol de Navidad un regalo. Envuelto en el papel de una conocida red de librerías no podía ser otra cosa que un libro. Bien, pues ese libro de unas seiscientas cincuenta páginas ya ha sido leído y asimilado, y puedo ya decir sin ningún género de dudas que es quizá el mejor regalo que San Nicolás, Santa Klaus o Papá Noel me han traído nunca. Y añado que quizá este libro venido por Navidad a mis manos es el mejor que me he leído, no ya este año, que sin duda, sino probablemente en mucho tiempo. Hacía muchos años que no devoraba un libro con tanta fruición como lo he hecho con este, quizá desde los años en los que leía a Harry Potter. Ha merecido la pena, las mañanas y las tardes pasadas leyendo una tras otra las páginas de esta novela, que quedará marcada en mi memoria mucho tiempo.

Patria” es la segunda novela de Fernando Aramburu que me leo y la segunda con el trasfondo del terrorismo de ETA/conflicto vasco como hilo conductor. Estoy sin palabras. Hacía tiempo que una novela no me hacía sentir lo que esta ha conseguido: levantar la vista de sus páginas, dejar unos segundos su lectura, y aguantar un nudo en la garganta que pugnaba por convertirse en lágrimas. Aramburu ha conseguido hilvanar una historia real sobre el sufrimiento, el dolor, la muerte y la ignorancia que más de cuarenta años de muertes y sangre han provocado en el País Vasco, y por qué no también en el resto de España.

La trama de “Patria” se desarrolla alrededor de dos familias, amigas de toda la vida, rotas y descompuestas por el terrorismo y la intolerancia, por el odio y la ignorancia a fin de cuentas. Por un lado está la familia de Bittori el “Txato”, víctima de un atentado cobarde (todos lo son), asesinado con cuatro tiros por la espalda muy cerca del portal de su casa, y sus dos hijos Nerea y Xabier. Por otro lado está la familia de Miren y Joxian, con sus tres hijos, Arantxa, Joxe Mari, miembro de ETA, terrorista, y el menor, Gorka. Aramburu con estos nueve personajes, a los que habrá que sumar unos cuantos secundarios más cuenta la realidad del conflicto vasco, del terrorismo de ETA, desde donde de verdad se ha sufrido: desde todos los puntos de vista posibles de la sociedad normal y corriente, la que sufrió a ETA, de muy diversas formas.

Todos los personajes de “Patria” forman en conjunto un caleidoscopio fabuloso, envidiable para todos aquello que tenemos el gusanillo de la escritura. Cada uno de los miembros de las dos familias protagonistas representan una postura diferente y todos son víctimas de ETA y su odio. Aramburu no basa su novela en el dolor, ni en recrearse con la muerte o los atentados, ni en posturas políticas que todos conocemos. Cuenta la verdad. Y la verdad suele ser seca y dura. Esta novela es ambas cosas: seca y dura. No hay condescendencia. No hay compasión. No hay posicionamiento ideológico. Aramburu simplemente narra hechos y elabora una historia que bien podría ser real de verdad, si es que no lo es.

Como acabo de decir “Patria” es una novela seca y dura. Desde el principio queda claro que el lector va a enfrentarse a algo que quizá va a llevarle por sentimientos muy encontrados y confrontados. Al ir leyendo la novela e ir adentrándose en la intrahistoria de estas dos familias lo primero que el lector se encontrará es la fuerza de las madres y cabezas de familia: Bittori y Miren. Ambas cabezonas, obcecadas, grandes madres y amantes de su familia a la que cuidan, protegen y defienden a muerte. Una mujer de un asesinado. La otra madre de un terrorista. Ambas amigas inseparables, de café y porras, charlas íntimas, confesiones inconfesables. Ambas enemigas, víctimas de ETA. Sí, aunque suene raro, ambas son víctimas.

En “Patria” no hay bandos, no hay ni vencidos ni vencedores. Todos en la novela han perdido. Unos han perdido a un marido y un padre, y otros se han perdido a sí mismos por el miedo, el qué dirán, por unas convicciones ignorantes. Yo lo veo así. No hay ninguno de los nueve protagonistas que no sea víctima del conflicto/terrorismo de ETA. Y lo más duro quizá es que el que todos sean víctimas implica necesariamente que toda la sociedad, vasca en este caso, perdió durante cuarenta años de muerte, miedo, cobardía, odio, sangre y lágrimas. Y al final de la novela se ve cómo todos son víctimas.

Patria” es una novela que hacía falta en este país, y además escrita por un vasco. Nadie más podría haberlo hecho. Aramburu ha creado unos personajes por los que al mismo tiempo se puede sentir pena y rechazo. Quizá sólo hay un miembro de estas dos familias, al menos para mí, que me genera únicamente admiración y es Arantxa, la hermana de Joxe Mari, miembro de ETA. Arantxa no se calla, ni cuando sufre un ictus que la silencia y la postra en una silla de ruedas sin posibilidad de moverse. Es Arantxa también la que de vez en cuando me ha provocado una sonrisa al leer y ver que Aramburu no ha creado una narración pesimista, fría y distante de una época de este país que todos recordamos, sino que ha creado un relato vivo, real, que pisa tierra y lo hace verosímil. Esta verosimilitud es la que después de leer cada día hacía que me recorriera un escalofrío por todo el cuerpo al volver a pensar en lo que acababa de leer.

Puede que suene exagerado cuando digo que “Patria” debería ser lectura obligada en institutos. Pero lo creo firmemente. Y lo creo porque al ir leyendo me he dado cuenta de que esta novela va a sacar los colores a mucha gente: terroristas (si es que alguno la termina leyendo), familiares de terroristas, víctimas de ETA, fuerzas de seguridad del estado, y ante todo la sociedad vasca que con su silencio, su permisividad, su miedo entendible y su retirada de saludo a amigos de toda la vida, de partida de mus los viernes, comida en la sociedad gastronómica los sábados y ruta cicloturista los domingos, hizo que tras cuarenta años todos sean víctimas de unos pocos asesinos.

Una novela como “Patria” daría para comentar mucho más, porque hay mucho más en las vidas de los nueve personajes que la forman, cada uno con su historia, cada uno con su penitencia, cada uno formando un prisma diferente por el que ver y entender lo que pasó en una tierra que muchos llamaron patria sin saber qué era eso. Pero no voy a comentar más porque este libro debe ser leído. Como dije al principio hacía mucho tiempo que no leía algo que mereciera tanto la pena. Fernando Aramburu quedará como ese autor al que no le tembló la mano al escribir de su patria, aunque viva a muchos kilómetros de ella en Alemania con su familia desde hace muchos años. Ojalá se escribieran novelas como esta más a menudo. Novelas que merezca la pena leer, que no dejen indiferente, que hagan sentir al lector, que se queden con él después de haber cerrado el libro, que hacen a uno levantar la vista y recordar por ejemplo ese día de julio en el que cogido de la mano de su madre un niño de seis años se encamina a la plaza de su pueblo a llorar la muerte, junto con decenas de personas más que se saltaron la siesta, de un señor que era concejal de un partido político y que se llamaba Miguel Ángel Blanco.

Solo añado: gracias Fernando Aramburu por “Patria”.


Caronte.

lunes, 26 de diciembre de 2016

Lectura crítica: "Enduring love"

De nuevo en este blog vuelvo a hablar de una novela de Ian McEwan. Todos los lectores tenemos unos escritores a los que siempre recurrimos cuando no nos apetece innovar y descubrir nuevas plumas a las que engancharnos. Desde que comencé a leer a McEwan con “Chesil Beach”, hace ya varios años, no he dejado de hacerlo. Sin embargo aquel primer libro fue el único que leí en español y desde entonces he leído a este inglés en su idioma original que es como deberían leerse los libros para realmente poder apreciar todos y cada uno de los matices de los mismos, a pesar de que las traducciones al castellano puedan ser obran tanto o más ricas que las originales. El libro lo adquirí en una de las tiendas de libros de segunda mano más famosas de todo Londres, tienda que recomiendo encarecidamente a todo amante de la lectura y los libros aunque no voy a dar el nombre para que nadie me la robe, no tenía pensado comprarlo pero no pude resistirme a hacerlo viendo el precio y el magnífico estado en el que se encontrada. Y así es cómo llegó a Madrid y el por qué hoy escribo sobre él.

Enduring Love”, o “Amor perdurable” en castellano en un ejemplo casi inaudito de traducción literal del título original, es una novela en la que Ian McEwan vuelve sobre temas ya muy tratados en otras novelas suyas posteriores. Y digo posteriores porque es la novela más antigua de McEwan que me he leído. La trama del libro gira en torno a la obsesión, al amor, y a cómo después de un episodio traumático la vida de sus protagonistas puede cambiar de manera radical. La novela empieza con una escena tensa y narrada de manera magistral en la que el lector deja atrás el ambiente en el que esté leyendo para desplazarse a los montes Chiltern donde Joe y su mujer, Clarissa, van a hacer picnic. Sin embargo el picnic nunca llega a producirse porque de repente son testigos de cómo un globo aerostático se vuelve loco y como desde la cesta del mismo un niño pide ayuda teniendo a su abuelo en el suelo. Sin dudarlo Joe se lanza a correr para ayudar al viejo y a su nieto, junto con otras cinco personas que estaban por la zona. La tensión crece en la narración hasta que se produce un hecho trágico que cambiará la vida de varios de los protagonistas de esa escena.

Después de ese trágico suceso entra en escena Jed Parry. Una mirada basta, durante el trágico suceso, para que Jed quede obsesionado con Joe, y se crea que este último está enamorado de él. Ian McEwan recurre en “Enduring Love” a la ciencia para usar una enfermedad mental como es el síndrome de De Clerambault para hilar una historia en la que el racionalismo de Joe, escritor científico y ateo, choca de lleno con la religiosidad y la fe de Jed, un joven creyente enfermo y obsesionado de manera enfermiza. La novela por tanto está plagada de referencias científicas y médicas, explicadas e introducidas en la trama de manera sutil y siempre reflexiva por Ian McEwan.

Pero quizá lo que más interesa de “Enduring Love” no es su trama, ni unos personajes muy bien dibujados y minuciosamente diseccionados hasta que el lector puede incluso llegar a prever cuáles van a ser las reacciones de uno u otro en cada situación que se produce en la novela. No. Para mí lo más importante de esta novela es que hace que el lector quiera leer más, un párrafo más, una hoja más, un capítulo más, y así hasta que miméticamente uno queda obsesionado con seguir leyendo una historia que parece que no pero termina enganchando. Puede que esto ocurra, como acabo de decir, por unos personajes a los que el lector termina conociendo como a un padre, un hijo o un amigo, o por plantear cuestiones tan pocas veces plasmadas en una novela actualmente que hacen pensar y trabajar a nuestro cerebro y nos hacen sentir incluso mal a veces. Desosegados. Una novela no tiene que ser fácil de leer, aunque esta lo es; ni tiene que dejar al lector con buen sabor de boca, ni con una muy breve y simple reflexión nada más acabar. Una novela debe mover el espíritu y esta lo hace.

Tengo que añadir que la lectura de “Enduring Love” es bastante sencilla ya que está dividida en veinticuatro capítulos no muy extensos en los que se entremezclan, diálogos muy bien conducidos y reflexiones muy interesantes sobre la condición humana, la vida y nuestra existencia en el mundo. La novela está narrada en primera persona por Joe, el protagonista, y gracias a eso se puede ver, mejor que en muchos libros más extensos y clásicos, una grandísima evolución personal. Así si al principio se ve a un Joe muy racional, muy cuadriculado y estricto, fiel defensor de la ciencia y la razón, una vez ocurre el trágico incidente del principio de la novela se desvela la verdadera condición humana en él; esa condición sobrenatural en la que nada es racional ni científico aunque el ser humano sea un ser racional y la ciencias no envuelva en cada una de las representaciones de la vida. Ese choque absoluto entre lo que siempre ha creído Joe y lo que ve que es la vida llega a su máxima expresión cuando empieza a volverse paranoico, con razón, con Jed Parry, personaje que muestra ese otro lado oscuro de la condición humana.

Insisto de nuevo diciendo que “Enduring Love” es una novela muy intensa y profunda en la que el lector va a adentrarse en unas vidas que van a cambiar radicalmente de la noche a la mañana por un indecente que no tendría que haber pasado, o sí, un día en el que la razón y la ciencia decían que todo iba a ser perfecto y a salir como estaba planeado. Ese azar, esa inevitabilidad de la vida que hace que en un instante infinitesimal cambie todo a nuestro alrededor, centran la trama de la novela. Sin embargo, creo también que al final Ian McEwan, queriendo quizá alargar una trama que no daba para más para hacer hincapié en los temas que más le inquietan y preocupan, termina por crear una trama a ratos un poco irreal y poco verosímil.

No obstante, “Enduring Love”, ha sido una muy grata lectura, que me ha tenido enganchado de principio a fin queriendo saber cómo iba a terminar la historia de esta obsesión enfermiza y terrorífica en la que el amor queda expuesto a los engaños, los ocultamientos, la irracionabilidad de la vida y el azar del destino. Es una buena novela; de las mejores y que mejor sabor de boca me han dejado de Ian McEwan. Y a pesar de que no es perfecta, y está lejos de serlo, creo que a todo aquel que quiera testar su forma de entender la vida y de explorar ámbitos que crea que no le incumben le puede gustar. Porque al fin y al cabo la literatura, la buena literatura, debe hacer que el lector no se sienta cómodo leyendo sobre temas banales que puedan entrar en su zona de confort intelectual, sino todo lo contrario. Y es esto McEwan es un maestro.


Caronte.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Lectura crítica: "The Pigeon Tunnel"

Hoy aunque voy a hablar de un libro de John le Carré, sí lo reconozco soy muy pesado con Le Carré pero es que no puedo evitar sentir una especial y muy fuerte atracción por este escritor al que considero el más grande escritor vivo en lengua inglesa, no lo hago para comentar ninguna de sus novelas sino su autobiografía. Y es que este año David Cornwell, que es como realmente se llama este inglés que ya hace muchos años y debido a su trabajo como agente en el Servicio Secreto Inglés decidió ser otra persona a la hora de escribir, ha hecho de sí mismo y aunque sigue escribiendo como Le Carré en esta ocasión su personaje principal no ha sido ningún agento secreto, ni ningún idealista soñador inglés, ni ningún marginado y perseguido, sino David Cornwell, él mismo en estado puro. Y dio también la casualidad que saliera este libro mientras estaba yo en Londres en uno de mis, casi ya tradicionales, viajes a la capital del Támesis y que pudiera comprarlo todavía calentito recién salido de las imprentas.

Se habla de “The Pigeon Tunnel”, título traducido al castellano como “Volando en Círculos” en un ejemplo más de las pésimas traducciones que se hacen de los títulos de películas y libros en inglés a la hora de presentarlos al público hispanohablante, como de la autobiografía de John le Carré/David Cornwell; sin embargo no creo que este libro sea un volumen autobiográfico ni mucho menos, creo que es más bien un conjunto de recuerdos que aunados y compilados en un libro sí pueden llegar a dar una imagen general de lo que ha sido toda una vida. Este libro es un libro de memorias en el que John le Carré, aunque creo que a pesar de que el libro está firmado bajo este seudónimo en esta ocasión más que nunca John ha dado paso a David, usando su magnífico estilo literario ha querido demostrar, sin tener que hacerlo, que todo lo que en sus novelas aparece tiene un porqué una realidad de fondo.

Es muy curioso cómo cuando leemos ficción a pesar de quien sea el escritor que haya hecho el libro que estemos leyendo consideramos que la ficción es ficción y nada más. Al leer “The Pigeon Tunnel” y tomar todo lo que aparece en el libro como real, dando la suficiente credibilidad, verosimilitud y confianza a la palabra de David Cornwell, quien haya leído a John Le Carré y tenga sus novelas como obras maestras se dará cuenta de que la ficción siempre tiene vínculos, más o menos fuertes, con la realidad. En el caso de las novelas de John Le Carré, como bien justificadas vienen en este libro de memorias, todas y cada una tienen punto de unión con la realidad. Y es en ese punto, tras haber leído estas memorias, cuando me he dado cuenta de que todo lo que he leído salido de la pluma de Le Carré ha sido verdad, aunque en las novelas aparezca de manera distorsionada.

Ante la más que extendida media verdad como es que Le Carré fue espía del Servicio Secreto Británico, en “The Pigeon Tunnel” David Cornwell desmonta esta faceta suya y nos la presenta como lo que fue de verdad: apenas un par de años de casi niñera de los altos cargos de la RFA que visitaban el Reino Unido para ver cómo debía ser una democracia con sus elecciones, instituciones, corrupción, etc. Esto no quita para que en los años que pasó en el Servicio Secreto Le Carré se impregnara de todo el ambiente sórdido y secreto del espionaje durante la Guerra Fría. De hecho en el libro aparecen capítulos muy estrechamente relacionado con el espionaje, entre ellos uno muy interesante en el que narra una serie de encuentros con Nicholas Elliot, el gran amigo de Kim Philby (véase la crítica hecha en este blog sobre “Un espía entre amigos”), una de las figuras más enigmáticas y oscuras de la historia reciente de Inglaterra y su servicio de espionaje.

John Le Carré no fue el único escritor que en su día fue miembro de los servicios secretos y trabajó como “espía”. También lo fueron Graham Greene, Ian Fleming o Frederick Forsyth. Del primero hay retazos durante todas las memorias, del segundo se hace apenas una mención muy escueta casi para criticarle la banalización del espionaje al crear a James Bond y del último no hay ni una sola línea. Pero vuelvo a repetir “The Pigeon Tunnel” no es simplemente un libro de memorias sobre los años que  John Le Carré pasó como funcionario del servicio secreto. Las memorias son eso, retazos de una vida vivida a mi juicio muy intensamente por una persona más que interesante. Así en las páginas de este libro se van sucediendo recuerdos de toda una vida: la de David Cornwell como John Le Carré, o viceversa.

Puede incluso parecer muy presuntuoso John Le Carré por algunos capítulos de “The Pigeon Tunnel”. Que si un encuentro más que misterioso y accidentado con Yaser Arafat en Palestina en una especie de cueva que serviría luego para ambientar “La chica del tambor”; que si almuerzos con Margaret Tatcher a la que define clara y concisamente con apenas unas líneas; días de reuniones y necesidades imperiosas con Richard Burton; comidas y cenas con Stanley Kubrick, For Coppola y otros grandes del cine para adaptar sus películas; que si seguimientos y despistes a espías rusos en Moscú y San Petersburgo durante visitas ya como escritor para promocionar sus libros; que si reuniones con embajadores que no son lo que parece; que si peticiones privadas del Presidente de la República Italiana en el Quirinal para que le hablase de uno de sus libros; y así durante trescientas páginas. Lo que se dice unas memorias de verdad.

Uno de los temas que más aparece en “The Pigeon Tunnel”, y que obviamente se corresponde también con uno de los grandes temas tratados por Le Carré en sus novelas es la URSS, la Guerra Fría y el comunismo. David Cornwell es ateo y de ideas más bien progresistas, por no usar palabras con mayores connotaciones políticas y la URSS como utopía fallida es uno de los grandes puntos de interés de Le Carré, del que habla con un tono bastante melancólico a veces y de decepción en otras ocasiones. El otro gran tema de estas memorias, aunque sólo ocupa un capítulo, quizá el más profundo y de tono más grave de todo el libro, es su relación con su padre Ronnie. Como muchos miembros de la sociedad acomodada inglesa de primeros del siglo XX Le Carré tuvo que sufrir una vida familiar bastante desestructurada, con una madre maltratada y anulada que abandonó a sus hijos, y un padre estafador, mentiroso, embaucador, mujeriego, alcohólico y vicioso. Es en este capítulo en el que Le Carré, usando como siempre ese estilo tan personal y maravilloso que le caracteriza, muestra más a David Cornwell y se abre más en lo que de verdad sería su vida y no sus memorias.

The Pigeon Tunnel” no es un libro para leer si no se ha leído antes ninguna obra de John Le Carré, porque muchas de las anécdotas y memorias que se relatan en esta obra guardan una muy estrecha relación con sus libros y tienen un porqué en ellos. Y al mismo tiempo estas memorias tampoco son para dejarlas leídas de manera independiente, sino para ir apuntando cosas y releer, muy probablemente de manera paralela, cada una de las novelas que se citan para poder contextualizarlas de verdad mucho mejor y, estoy seguro de ello, sacarles mucho más jugo. Solo me queda añadir que estas memorias me han hecho comprobar que hay gente tocada por la historia, o por la vida en mayúsculas, que puede presumir de haber vivido lo que muchos en todas las reencarnaciones que nos queden nunca viviremos. Y como siempre, doy las gracias esta vez a David Cornwell por existir y escribir.


Caronte.

lunes, 5 de diciembre de 2016

Lectura crítica: "The naive and sentimental lover"

Quien conoce mis gustos literarios sabe perfectamente cuál es mi escritor en lengua inglesa preferido. Sí, es John Le Carré. Desde que le descubrí gracias a mi profesora de historia del instituto no he podido dejar de leer sus libros. Cada vez que publica un libro nuevo me acerco a una librería a comprarlo. Incluso si tengo que viajar al Reino Unido a por ese libro lo hago... Vale está bien, no soy tan radical. Pero sí es cierto que su último libro, de memorias, lo compré durante mi último viaje a Londres el pasado mes de septiembre. Pero no es de este libro del que voy a hablar hoy aquí sino de su primera novela no de género que publicó allá por 1971, hace 45 años que se dice rápido, cuando era ya todo un aclamado escritor de novelas de espías, género del que sigue siendo el maestro absoluto. La novela de la que voy a hablar también la compré en Londres y me acompañó a Riad donde la empecé el mismo día que me liberaba de una prisión a la que había entrado también voluntariamente. Esta fue la novela que me acompañó durante el vuelo de vuelta a mi hogar en España.

Como ya he dicho “The naive and sentimental lover” (o “El amante ingenuo y sentimental”, como sería su título en castellano), fue la primera obra de Le Carré que no seguía los esquemas que hasta entonces llevaban sus demás libros. En esta ocasión dejó a un lado el mundo oscuro y nebuloso del espionaje, de los dobles juegos, del chantaje político, de la hipocresía, del cinismo y de la traición para decantarse por una novela normal y corriente. Aquí no hay espías del MI6 adictos a algún tipo de vicio, de personalidades complejas y desarraigadas vidas. En esta novela el protagonista es un exitoso hombre de negocios cuyo matrimonio hace aguas y que se ve envuelto en una relación tormentosa y muy extraña con una pareja de excéntricos ingleses.

Así el protagonista de “The naive and sentimental lover” es Cassidy (Le Carré usa durante toda la novela el apellido y no el nombre de pila). Cassidy como hemos dicho es un hombre exitoso de negocios, pero su éxito acaba ahí. En el ámbito personal es una persona bastante mediocre, o si no mediocre si lo suficientemente acomodada a su vida como para no haber experimentado nunca nada más que aquello que tenía que hacer en lugar de lo que quería. Al inicio del libro Cassidy buscando una casa para comprar da con una pareja, Shamus y Helen (en este caso sí se usan los nombre de pila), de excéntricos: él artista crítico con la burguesía y la gente adinerada siendo en el fondo uno de ellos; ella una mujer de impulsos. Esa pareja atrae desde el principio a Cassidy en muchos ámbitos. En ellos dos ve una puerta de escape a su ingenua vida; una puerta que puede llevarte al mundo de los sentimientos.

Durante toda la novela Le Carré juega con estos tres personajes, sin descuidar otros muchos relacionados con Cassidy: su mujer Sandra, sus hijos Hugo y Mark, su padre el Viejo Hugo, su suegra, la niñera de sus hijos, sus vecinos y amigos, sus compañeros de trabajo... “The naive and sentimental lover” es casi una novela coral en la que cada personaje tiene algo que aportar a la personalidad de Cassidy, a eso de lo que sin saberlo muy bien quiere huir a toda costa. Pero es el triangulo sentimental que forman Cassidy, Shamus y Helen el que teje toda la novela y el que hace sentir al lector muchos y muy diversos sentimientos, algunos encontrados y otros que muy probablemente nunca se ha planteado.

Este no es un libro sencillo de leer – y mucho menos en inglés como yo lo he hecho, cosa que no recomiendo a no ser que se esté seguro del nivel de cada uno – pero eso es lo bonito de algunos libros. “The naive and sentimental lover” es una novela muy compleja tanto por cómo está escrita ya que Le Carré empieza en esta obra a utilizar sus magistrales cambios de tiempo narrativo, sus saltos al pasado desde el presente de la novela, y sus mareos constantes al lector que va leyendo como si de un telegrama se tratase, mediante pequeñas dosis de la historia, que la hacen avanzar a la manera de Le Carré. Y es que en esto de ir dando salto y desconcertar al lector Le Carré es un maestro indiscutible y ostenta un trono que muy difícilmente cuando falte podrá llenarse. Nadie como Le Carré sabe jugar con una historia despiezándola y dejando poco a poco esas piezas para que el lector, si es que es capaz de hacerse con esta forma de escribir, las junte de nuevo en su cabeza e imaginación y de forma a la novela. No es una novela fácil de leer, repito.

The naive and sentimental lover” como novela se estructura en cinco partes ambientadas cada una en un lugar: Londres (en un par de ocasiones), Paris y un chalet en Suiza (¿es curioso que Le Carré tenga un chalet también en suiza no? No, no lo es). Cada una de las partes además se subdivide en capítulos y estos en narraciones telegráficas, casi escenas de teatro independientes, que van dando forma a un libro que en su conjunto es una obra total y completa de alta literatura. No faltan tampoco esas frases que se quedan marcadas a fuego en la memoria y que terminan siendo esas citas que de vez en cuando a uno le vienen a la boca. Una de estas frases, que en la novela se repite mucho, es: “a un hombre no se le juzga por lo que busca, sino por lo que encuentra”. Nadie puede negar la fuerza en esta frase. Simple. Sencilla. Con una fuerza impresionante. La misma fuerza narrativa que todas las páginas de la novela emiten.

No voy a negar la fuerza de esta novela. Ni tampoco puedo hacerlo siendo justo. Pero “The naive and sentimental lover” a pesar de todo esto que acabo de decir no es para mí lo mejor de Le Carré. Simplemente podría decir que es un puno de inflexión, que pocas veces ha vuelto a producirse en la vida de este escritor. Supongo que esto se debe a que la novela respondió a un impulso muy personal tras su divorcio de su primera mujer. Por ello esta novela tiene muchos aspectos que guardan mucho paralelismo con la vida real de su autor. El amor, la pasión, el deseo, la lujuria, las dudas, los miedos ante lo nuevo, ante una vida jamás vivida, ante una vida malvivida, hacen de esta novela una obra dura, a ratos triste a ratos divertida, tierna en alguna ocasión, desconcertante muchas veces, reflexiva casi siempre y que puede resultar desasosegante a aquellas personas que puedan llegar a identificarse con Cassidy, el protagonista.

Sin embargo pese a todo lo dicho de “The naive and sentimental lover” no puedo recomendar esta novela. ¿Y por qué? Pues básicamente porque estaría tirando piedras en el extraordinario tejado de la casa de la literatura de John Le Carré. Esta novela está hecha para aquellas personas que ya conocen a este maestro indiscutible de la literatura universal, cuya pluma será muy difícil de reemplazar – por no decir imposible – el día que la vida se lo lleve para que otros que ya no están lo disfruten en privado. Esta novela es para esos lectores a los que les ponen, les excitan, los retos literarios; y esta novela ante todo es eso: un reto de los que tras superarlo dejan muy buen sabor de boca.


Caronte.

martes, 8 de noviembre de 2016

Lectura crítica: "Saturday"

Que Ian McEwan es uno de mis referentes en la literatura en ingles no debería ser una sorpresa para quien sigue de vez en cuando este blog. Este no es el primero, ni probablemente sea el último, artículo sobre un libro de McEwan que escriba. Desde que descubrí a este escritor inglés han sido ya varios los libros escritos de su puño y letra que he leído… yo todavía me quedan unos pocos. El libro que comento hoy lo adquirí en una de las librerías más famosas e importantes de la capital británica, Foyles, durante mi último viaje a esa urbe que está en mi corazón grabada con pasión. Viaje por cierto que acabo con una maleta llena de libros, una docena en total, de autores a los que llevo varios anos siguiendo y otros a los que pretendo descubrir poco a poco. Antes de comenzar la crítica de la novela de McEwan quiero comentar un hecho extraordinario que envidio muchísimo, y es que en muchas librerías inglesas suele haber ofertas del estilo 3x2 en libros, cosa que nunca he visto en España y que por desgracia no me asombra dado el general y apático sentimiento hacia la cultura. Pero vayamos a lo que nos debe ocupar.

La novela que terminé de leer ayer es “Saturday”. Como se puede observar el título a pesar de ser corto lo dice todo, o al menos debería ser así. Pero a pesar de lo escueto del título, el libro esconde en sus páginas toda la complejidad que envuelve los sentimientos y la vida del ser humano. Para ser claros desde el principio, esta novela no tiene trama; aquí no hay que descubrir ningún asesino, ni seguir las pistas de una muerte, ni enamorar a nadie. En esta novela McEwan simplemente ahonda en lo más profundo de las inquietudes humanas, en la felicidad y el amor, y en todo aquello que por simple que parezca (hechos, palabras, encuentros fortuitos…) acaban por trastocar nuestra visión sobre la vida y nuestra existencia.

Lo que podría ser un lastre para cualquier novela, el no tener una trama definida, en “Saturday” no es así. La novela es intensísima en su desarrollo y en sus páginas (no llega a las 300) McEwan se nos presenta la vida de Henry Perowne, un neurocirujano de prestigio con una familia ejemplar a la que ama, empezando por su mujer, Rosalind, y siguiendo por sus hijos, Theo y Daisy. La historia se desarrolla durante un sábado de 2003 en el que Londres está tomada por manifestantes contra la Guerra de Irak. Para ese sábado el protagonista de la historia ha preparado una serie de actividades ya que es su día libre, que tienen que culminar en una cena familiar en la que su hija, prototipo de escritora, debe reconciliarse con su abuelo materno, escritor consagrado. Hasta aquí algo casi normal, por no decir anodino. Sin embargo, estos planes casi idílicos de una familia de clase media-alta londinense se verán si no truncado, si modificados por situaciones no esperadas que llevaran a la familia al completo, y a Henry Perowne en especial, hasta sus límites, llegando incluso a cuestionar su vida como hasta ese día la estaban llevando.

La novela se estructura en 5 partes en las que Ian McEwan con calma pero sin pausa va desarrollando la historia que quiere contar en “Saturday”. Y es en este desarrollo donde la novela alcanza un nivel de maestría que pocas otras novelas suyas tienen, a mi juicio claro. Para mi esta novela es la mejor que me he leído de McEwan hasta la fecha. Su intensidad narrativa, que por momentos hacía que me costara mucho dejar de leer para dormirme, es tal que la novela tiene momentos realmente angustiosos para el lector. Cada una de las partes va situando y metiendo al lector poco a poco tanto en la vida de la familia Perowne, y especialmente en la de Henry y su relación con su mujer, sus hijos y su suegro (con algún retazo de la relación que le une a su madre enferma de demencia), como en la historia que se va creando en torno a ese sábado idílico al principio, pero que poco a poco se ira torciendo.

Los personajes que Ian McEwan traza en “Saturday”, pese a que la propia novela no es quizá lo suficientemente larga como para hacer una descripción y caracterización profundas,  quedan claramente definidos para el lector. Así Henry queda retratado como un padre que ama a su mujer y la desea como cuando la conoció, que adora a sus hijos aunque a veces no los entienda y que es un gran profesional en el mundo de la neurocirugía. Su mujer Rosalind es una mujer trabajadora quizá llena de miedos, pero que los disimula con mucha decisión personal; Theo es un joven inquieto que dejo sus estudios para ser músico y lo está logrando; y Daisy es una chica muy delicada, con una sensibilidad especial para la poesía, don quizá heredado de su abuelo materno. Esta es la familia Perowne, perfecta aparentemente, y feliz. Sin embargo en la novela hay otro personaje crucial para la historia de ese sábado y ese personaje es Baxter, un matón de mala calaña, que padece una de esas enfermedades del cerebro que no tienen cura y que le lleva a sufrir más de lo que él mismo cree.

Pero si algo tiene “Saturday” y sobre todo el estilo y la prosa de McEwan son sus minuciosas descripciones. La novela está plagada de momentos en los que el autor se recrea de manera magistral en describir una operación neuronal, un partido de squash o simplemente como se hace un plato de comida. Esto es lo que hace de esta novela algo especial. Estas descripciones no son para nada pesadas sino que sirven para atar al lector a la historia y meterle dentro de la propia mente de Henry Perowne para llegar a sentir como él y padecer como él. Además nada de lo que McEwan incorpora a la narración de la novela es casual ni accesorio, todo sirve para ambientar la vida de los Perowne para de lo ordinario y normal hacer algo extraordinario. Hay que recordar que durante las 280 páginas de la novela solo discurre un único día, pero de tal intensidad que bien podría haber sido toda la vida de esta familia acomodada.

Para rematar la novela la cuarta parte de “Saturday” es de esas narraciones que por sí mismas deberían estar enmarcadas en un museo de la literatura. En esas pocas páginas McEwan recrea una cena, una tarde, que empieza de manera idílica, y acaba de manera abrupta poniendo en vilo al lector con una situación que hizo que yo mismo me planteara dejar de leer por no encontrarme con un desenlace que no me gustar por vil e injusto. Pero… No puedo contar más porque destriparía el resto de la novela.

Quien no conozca a IanMcEwan y su obra tiene muchas opciones para comenzar a hacerlo, pero yo personalmente recomiendo esta novela. Como ya he dicho, “Saturday” es hasta la fecha su novela que más me ha gustado y atrapado, tanto por estilo como por temática, a pesar, repito, de que no tiene una trama definida: McEwan simplemente presenta al lector la vida y sus miedos e inquietudes, sus cambios bruscos e inesperados, sus injusticias, sus complejidades y simplezas. Además he de añadir, que este libro es uno de los mejores que me he leído este año y eso que no han sido pocos los que han pasado por mis manos (y los que quedan hasta que acabe este 2016 tan movido para mí). Han sido una semana de noches muy intensas leyendo las páginas de esta novela y no queriendo dejarla y deseando que llegara la noche siguiente para volver a leer.


Caronte.